lunes, 16 de febrero de 2009

Entre el rigor y la especulación. Los ingredientes del ensayo

29-ago-2008


Julio César Londoño

U

n día vi una ilustración que me marcó para siempre. Sobre el minucioso grabado de un escarabajo que hacía palanca con sus tenazas para mover una piedrita, el ilustrador había trazado los vectores de un diagrama de fuerzas. Las rectas del matemático sobre las curvas y sombras del grabado, la inesperada inteligencia de la criatura, y la física aplicada al estudio de los movimientos de un ser vivo, impresionaron mi novelera memoria. Yo apenas salía de la infancia. Y de la casa: la ilustración venía en un ejemplar de Scientific american que me limité a hojear en un quiosco de revistas porque su precio superaba con creces mi presupuesto. Fue quizá la primera vez que vi aunados dos campos que ya me interesaban, la ciencia y el arte, una combinación no menos afortunada que el café con leche en la mesa, o la luz y el sonido en el cine. Desde ese momento me hice cliente del ensayo de divulgación, un género que va a caballo entre la literatura y la ciencia; que oscila, pues, pues, entre el ritmo y la reflexión.

Quizá la mejor definición de esta modalidad la dio ya Jaime Alberto Vélez: "El ensayista –dijo el profesor– es alguien capaz de sostener con gracia un punto de vista original". Ahí está todo. Al decir ensayista se nos recuerda que se trata de un género literario y que, por lo tanto, su lenguaje debe cumplir exigencias de estilo; la mención de la gracia es una exhortación al ingenio y la levedad, a no ser prolijos ni oscuros; en una palabra, a presentar un texto amable; la exigencia de originalidad apunta a señalar una condición clave del ensayo: la de ser un género personal, la mirada de un sujeto sobre un objeto.

El fin del ensayo de divulgación es nobilísimo: se trata de poner los resultados de las ciencias, aligerándolos de su aparato matemático y su vocabulario especializado, al alcance del hombre de la calle. A los puristas les molesta esta simplificación porque va en desmedro del rigor. Tienen razón. Dejémosles a ellos, entonces, los severos tratados, tesis y monografías, y reservemos para nosotros, los rústicos de la calle, el querido ensayo de divulgación.

¿Existe una fórmula mágica para componer buenos ensayos? Sí. La fórmula consiste en hacer una buena investigación previa. La magia, en escribir bien. Eso es todo.

Lo primero, pues, es acopiar una buena cantidad de información. Lo segundo, arrojar a la basura las 9/10 partes del acopio. Lo tercero, manejar la décima restante con celo, manteniendo un vaivén controlado entre el rigor y la especulación, entre la información y la poesía.

Así como el músico mezcla movimientos rápidos y lentos, notas brillantes y opacas, y el pintor luces y sombras y todos los colores de la paleta, el ensayista debe dominar el arte del contraste: prosa tranquila, de trámite, y retórica de buena ley; chismes y profundidades; antigüedades y primicias; severidad y una pizca de humor. Sólo una pizca; primero, porque es imposible producirlo en cantidades industriales, y segundo porque un exceso de humor banaliza el ensayo.

En la biografía de un santo siempre viene bien un pecadillo, y en la del malvado alguna virtud, un acto heroico. Si nos ocupamos de San Agustín, por ejemplo, no hay que olvidar sus años licenciosos; si de Ricardo III, debemos reseñar, además de sus crímenes, su cínica inteligencia. Así salvamos la monotonía del relato y obtenemos, de paso, un personaje de carne y hueso, no un estereotipo moral.

Ernesto Sábato, maestro del contraste, nos dice: "Newton descubrió que la manzana que cae y la Luna, que no cae, obedecen a la misma ley". Aquí están la recta y el círculo, un fenómeno doméstico y otro cósmico, el azar y la reflexión,

La claridad es básica. Es una cortesía que el lector agradece, y un escudo que nos pone a cubierto del feroz epigrama de Jorge Luis Borges: "Hay escritores que parecen oscuros por su profundidad, y hay otros que quieren parecer profundos a fuerza de oscuridad".

Hay que tener un norte siempre. Uno puede ser distraído con las llaves, el dinero, la familia o las columnas, pero no con algo tan delicado como un ensayo.

Las citas deben ser pertinentes. El hombre de la calle puede ser vago pero no es tonto, y distingue perfectamente la cita oportuna de la pedante, la ilustración del pavoneo. La buena cita aclara, ejemplifica, adorna y permite al lector descansar, por unas líneas, de la voz del autor. Estamos, pues, frente a un género curioso: el ensayo tolera la especulación, la imprecisión, el error filosófico, pero no tolera los defectos estilísticos o psicológicos demasiado evidentes: las torpezas rítmicas, la vanidad, el fanatismo, el mal humor.

Un ensayo tiene tres partes: una introducción –unas líneas que exponen el problema a tratar–, un desarrollo y un cierre, que no tiene que ser por fuerza concluyente. Un ensayo puede cerrarse con un buen interrogante. O con una verónica elocuente. En el desarrollo, que es la ampliación de la introducción, el autor expondrá las principales aristas del problema, citará algunas autoridades de la materia y alternará con ellas, porque el ensayo, ya lo dijimos, es un género personal. (Esto de meter baza en una reunión de sabios parece muy difícil pero en realidad no lo es tanto. Después de estar metido de cabeza quince días estudiando un tema, es posible –inevitable– tener una opinión personal sobre la materia).

Todo cuidado que se tenga con la forma es poco. Y mágico, porque los búsquedas formales desembocan con frecuencia en descubrimientos de fondo. Me explico. Usted está buscando una frase sonora para rematar un párrafo, una frase meramente bonita, pero casi sin percatarse termina buscando la 'almendra' de la frase porque intuitivamente sabemos que es el momento de decir algo sustancial, contundente, que debemos descubrir ya qué es lo que distingue a ese libro, a ese personaje, a ese suceso, de todos los otros libros, personajes o sucesos, y cuando al fin lo logramos la alegría del hallazgo pone en nuestros labios las palabras justas. O el hallazgo es tan poderoso que apenas necesitamos ocuparnos de la redacción. Yo creo esto era lo que tenían en mente los griegos cuando propusieron su célebre igualdad: lo bello es lo verdadero.

Una vez, en el curso de una conferencia en Padua, un señor del auditorio me preguntó cuál era "la cualidad más sublime del ensayo". La palabra sublime no me dijo nada, es un adjetivo demasiado raído, y contesté cualquier cosa para salir del paso. Solo mucho después comprendí que era una pregunta buenísima. La pregunta. (Tal vez por eso dicen que el indio acata a los tres días). Bastaba poner un adjetivo más tranquilo, menos pretencioso, sacrificar la grandilocuencia por la precisión, y el señor se habría hecho entender. Por ejemplo: "Además de las cualidades archisabidas: erudición, síntesis, contrastes, buena prosa, toma de posición, ¿cuál es la cualidad clave de un buen ensayista?".

Hoy tengo al fin la respuesta y le ruego, señor, que disculpe la tardanza: La cualidad más importante y difícil en un ensayista estriba en su capacidad especulativa. Trataré de explicarme. El cerebro opera de tres maneras diferentes, es decir, hace tres clases de inferencias: las deducciones, las intuiciones y la especulación. Las deducciones son rigurosas y casi incuestionables. Un ejemplo clásico es el siguiente: si a = b y b = c, entonces a = c. Son razonamientos sólidos y elegantes pero un tanto previsibles, y provienen más del estudio que de la inteligencia.

Las intuiciones son conclusiones cuyo proceso mental ignoramos. Llegamos a ellas por caminos oscuros, y no sabemos dar cuenta de sus razones. Las corazonadas, las supersticiones, las conjeturas y los prejuicios son inferencias de esta clase. Quizá la intuición sea apenas la punta del iceberg, la conclusión de un silogismo tan racional como las deducciones, sólo que desconocemos sus premisas. A lo mejor son pensamientos hechos y derechos pero incubados en la trastienda siempre oscura y a ratos genial que llamamos inconsciente, esa entidad que puede ser la cuna de nuestras mejores ideas y a la que podemos imputarle la responsabilidad de todas nuestras guachadas. Es posible que la intuición sea parienta cercana del azar, el concepto que hemos inventado para resumir nuestra perplejidad ante sucesos cuya cadena de causalidad desconocemos.

A mitad de camino entre la deducción, tan previsible, y la intuición, tan lunática, está la especulación, una forma de razonamiento más cercana a la inteligencia que a la erudición, al humor que a la gravedad, a la ironía que al humor, y sin embargo respetuosa de la lógica –o mejor, fundadora de su propia lógica.

Para explicar por qué la mayoría de las personas son diestras, demos por caso, un lógico tradicional, es decir, una persona de razonamiento deductivo, nos dirá que somos diestros porque el hemisferio izquierdo predomina en el control de las funciones motrices de las extremidades del cuerpo. El intuitivo dirá que él cree que la especie fue zurda una vez pero no sabrá explicar cuándo ni por qué se nos invirtió la polaridad. Una inteligencia especulativa, como la de mi amigo Iván Almario, dirá: "Somos diestros porque así es más corto el camino que debe recorrer el puñal hasta el corazón del enemigo".

Un ensayista que domine este tipo de inferencias llega más rápido al corazón del lector.

Resumiendo, estas son las cualidades que debe reunir de un ensayista: investigación, buen lenguaje, claridad, síntesis, contrastes y agudeza especulativa. Con esto, y un tris de ayuda exterior, porque nadie es tan autosuficiente como para prescindir del soplo de los ángeles del estilo, el ensayo estará a punto.



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