lunes, 16 de febrero de 2009

El ensayo de divulgación

09-ago-2008


T

al vez no haya un género más necesario que el ensayo de divulgación. Es él quien cierra la brecha que separa a esa élite de personas que hacen la ciencia y las humanidades, y nosotros, los "hombres de la calle". Seguir en detalle los meandros del pensamiento del genio es imposible; pero si nos los ponen en buen castellano, los resultados de sus trabajos pueden ser muy comprensibles; y esto es todo lo que necesitamos.

Los detalles de la gran minga internacional que desembocó en el descubrimiento del mapa del genoma, digamos, son sánscrito puro; pero cualquiera puede entender sus conclusiones y con ellas podemos discutir lo verdaderamente importante: cómo afecta este descubrimiento nuestra cosmovisión, qué males del cuerpo permite prevenir, qué problemas legislativos plantea, cuáles son los límites éticos del ingeniero que manipula genes y cromosomas.

En lo que sigue reseñaré algunos hitos de la divulgación en Colombia y el mundo.

El mejor audiovisual que se ha realizado hasta la fecha es Cosmos. Una producción generosa, el rigor científico y la capacidad especulativa de Carl Sagan, y la poesía de su socia y mujer, Ann Druyan, hicieron de esta serie un paradigma en la historia de los documentales de divulgación. (Druyan fue la directora de contenido del disco Interestelar Voyager, una botella de náufrago con música e imágenes terrícolas que lanzamos a las profundidades del espacio hace algunos años con la esperanza de encontrar algún amigo en las profundidades del cosmos).

En biología, nadie ha superado la calidad de los libros de François Jacob. Se distinguen porque brindan unas panorámicas de las historias de las ciencias, las artes y las religiones en una prosa que envidiaría el mismísimo Proust. Sus conclusiones son siempre reveladoras y sorpresivas: "La ciencia y la religión –nos dice en El ratón, la mosca y el hombre– se parecen: ambas explican fenómenos visibles por medio de fuerzas invisibles". Esto sí es síntesis. Lo demás es filatelia.

Para "desasnarse" en física moderna, el indicado es Paul Davies, un ateo estremecido por el descubrimiento de la radiación cósmica de fondo, "esa reliquia de la creación", y capaz de afirmar, impávido, que en el big bang Dios y la física colapsan. "En t = 0 –explica en La superfuerza– el físico y el sacerdote tienen que recurrir a sendas peticiones de principio: el físico nos dice que el universo salió de la nada un buen día hace 15 000 millones de años; y el sacerdote, que Dios se creó a sí mismo en el principio de los tiempos.

Para asomarse al mundo microscópico, recomiendo Los secretos de una casa de David Bodanis: el mundo de los ácaros, el mecanismo fisiológico de la Cocacola, la ciencia que hay detrás de la fabricación de la papa frita, los plásticos, los resortes, la afeitada, las argucias de la cosmetología y la alquimia del perfume son algunos de los temas que algún reseñador presentó como "un libro de ciencia que se lee con el mismo interés que nos despierta una novela de misterio". La comparación es injusta. Los secretos de una casa no es tan jarto. Por el contrario, es un libro donde aprendemos como debe ser, con alegría.

Isaac Asimov tenía todas las cualidades del mal ensayista: su estilo es impersonal y desalado, y su enfoque exhaustivo. El ensayo debe ser literario, parcial, especulativo y, en alguna medidad, personal. Los "ensayos" de Isaac Asimov S. A. (347 libros publicados) son idénticos en tono y contenido a los artículos de cualquier enciclopedia –y las enciclopedias, se sabe, son libros de consulta, no de lectura.

La historia del tiempo de Stephen Hawking sigue siendo el libro más vendido y el menos leído en la historia de la divulgación científica. Vendió millones de ejemplares en 40 idiomas y resultó ilegible en todos ellos. Otro libro suyo, en cambio, Agujeros negros y pequeños universos, es una obra clara y profunda a la vez. Los sucesos de su dramática vida se alternan allí con apasionantes discusiones sobre mecánica cuántica, el origen del universo, el final de la física teórica y la predecibilidad del futuro.

Si a usted es más quisquilloso con el rigor que con la calidad del lenguaje, le recomiendo las colecciones Metatemas, de Tusquets, Alianza Universidad, de Alianza Editorial, y Drakontos, de Grijalbo Mondadori. Son libros donde las más rutilantes figuras de la ciencia le contarán, sin intermediarios, lo que está sucediendo en el frente de onda de las investigaciones.

Aunque no muy cultivado en Colombia, el género ya tiene aquí algunos autores legibles. En Principio y fin de Antonio Vélez (Editorial Universidad de Antioquia) el lector puede informarse sobre temas tan diversos como la homosexualidad, el azar, los criminales, el número pi o la máquina de escribir. El ensayo que da nombre al volumen es un poema a la vida, diez páginas que explican con belleza y claridad la ruta del cárbono, esa curva que va de los primeros unicelulares al tigre, la mariposa y Mónica Bellucci.

Con menos frecuencia de la que quisiéramos, el empresario Fernando Isaza escribe unos artículos científicos llenos de gracia e inteligencia sobre los temas más intrincados que uno pueda imaginarse (Número y Lecturas dominicales son sus esporádicas tribunas).

Orlando Mejía Rivera escribió en 1997 Poesía y conocimiento (Universidad de Caldas), una reflexión sobre el lenguaje literario que no excluye el tao, los quarks, las teselaciones de Escher, el gato de Schrödinger, los mandalas de Jung y otras criaturas fantásticas. Es uno de los libros más pretenciosos y fascinantes que se hayan escrito en Colombia. Después escribió otra obrita, tres gruesos tomos que abarcan la historia de la medicina desde Sumer hasta antier.

El ensayo de humanidades tiene en Colombia cuatro nombres importantes. El primero es Germán Arciniegas, uno de los pioneros en el mundo de la "historia privada", es decir, del registro de la arista humana y de los hechos menudos de los grandes sucesos. Arciniegas repensó la historia con una mirada americanista y un estilo feliz. En su vasta obra se destacan dos libros: América, tierra firme y Biografía del Caribe.

Donde termina Arciniegas empieza William Ospina, el tolimense que está escribiendo con una prosa hechizada los primeros ensayos sociológicos legibles concebidos en estas tierras. En dos de sus libros, Es tarde para el hombre y Los nuevos centros de la esfera, Ospina arremete contra la mezquindad de nuestra dirigencia, la banalidad de los medios y los publicistas, la irresponsabilidad de los científicos, la insensibilidad de los médicos, la ignorancia y el tedio de los profesores, la voracidad de las potencias y hasta la intolerancia del dios de los hebreos. Esta faena la realiza sin despeinarse y con un arsenal que combina erudición, agudeza y sofismas.

El que quiera conocer en dos horas la historia de los últimos mil años de América y Europa, debe leer Y Occidente conquistó el mundo. En sus escasas cien páginas Antonio Caballero nos cuenta con su afilada ironía ese tramo de la historia que va de las ballestas de los cruzados a los misiles teledirigidos de los ejércitos contemporáneos, del Renacimiento al pop, de Santo Tomás a Herbert Marcuse, de San Isidoro a Borges y de San Jorge a Supermán. Otro libro suyo, Paisaje con figuras, es el mejor libro de arte y crítica literaria escrito en Colombia, y uno de los mejores de la historia de las letras.

La pregunta por el hombre, de Andrés Holguín, es el lúcido repaso a las infinitas respuestas efímeras que los pensadores han ensayado frente a las tres o cuatro preguntas eternas de la filosofía clásica. Es un libro mucho mejor que El mundo de Sofía, esa novela filosófica que resultó demasiado compleja para los jóvenes y muy tonta para los adultos.

El ensayo de divulgación cumple dos funciones vitales: satisface la pulsión de la especie por la búsqueda del conocimiento, y permite la obtención de la masa crítica necesaria para el debate. Sobre el aborto, la eutanasia y las drogas, por ejemplo, tenemos ya un público suficientemente informado para la realización de debates amplios. Necesitamos que otro tanto suceda con la ecología, la geopolítica o los transgénicos. Mientras sigamos ignorando estas cuestiones, muchas decisiones cruciales seguirán tomándose a puerta cerrada y dependerán tan sólo de la ambición del industrial, la vanidad del científico y el ajedrez de la política.








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