jueves, 30 de octubre de 2008

Cinco fragmentos de de Paul Valery

El verdadero pecado original

¿No estará en la excitación de ser único la raíz, en el ser, de ese grandísimo "pecado", el pecado metafísico por excelencia, aquél al que los teólogos han dado el hermoso nombre de orgullo? Y si llevamos más allá esta reflexión, si la llevamos un poco más lejos por el camino de los sentimientos más simples, seguramente en el fondo del orgullo no encontraremos más que el miedo a la muerte pues no conocemos la muerte más que por los otros que mueren, y, si realmente somos sus semejantes, también moriremos. Así, pues, este horror a la muerte desarrolla desde sus tinieblas una especie de voluntad vesánica de ser no semejante, de ser la independencia misma y lo singular por excelencia, es decir, de ser un dios. Rechazar ser semejante, rechazar tener semejantes, rechazar serlo de quienes aparente y razonablemente son nuestros semejantes, es rechazar ser mortal, y querer ciegamente no formar parte de la misma esencia que aquellas personas que pasan y mueren una tras otra a nuestro alrededor. El silogismo que lleva a Sócrates a la muerte más ciertamente que la cicuta, la premisa que forma su mayor y la deducción que lo concluye, ponen de manifiesto una defensa y una rebelión oscura cuyo efecto, muy fácil de deducir, es el culto de sí mismo.[1] ("Stendhal", Gallimard, París, 1957. Para la versión castellana, Estudios literarios, Visor, Madrid, 1995, pág. 140).

De cómo vivir a pesar del talento

La historia de las letras es también la historia de los medios de subsistencia de los que han practicado el arte de escribir "a través de las edades". En ella se encuentran todas las soluciones posibles al problema de vivir a pesar del talento que se tenga: el halago, la adulación a los grandes, a los ricos, o al pueblo; la mendicidad; la estafa; el robo a mano armada, con escalo, con fractura, con asesinato o con cualquiera de las calificaciones del Código; la explotación de las mujeres; la extorsión; innumerables empleos a los que se roba tiempo para pensar y escribir. Y, finalmente, el comercio con lo que se escribe, que hablando en términos de literatura es el peor de todos los sistemas. Es inútil hablar de los escritores con fortuna pues, por definición, no son tales más que gracias a alguna desigualdad del orden económico.

En suma, Homero mendigaba; Virgilio y Horacio adulaban; Villon atracaba; el Aretino se las sabía todas... Bajo Luis XIV se buscaban pensiones. ¡Cuántos parásitos bajo Luis XV! Balzac se arruina en hábiles bancarrotas. Lamartine pide. Verlaine vive de trampas y limosnas. Muchísimos trabajan en oficinas. Copistas, redactores, o sea, subordinados, en Defensa, Justicia, en Asuntos Religiosos, en el Ayuntamiento, en muchísimos despachos hay un autor; a veces un autor célebre, de quien se enorgullece toda la administración. Huysmans daba lustre a la policía. Mallarmé para ganarse la vida trabajaba como profesor de inglés.

Del prontuario precedente se deduce que las obras más admirables de las letras han podido ser creadas merced a la inexactitud, e incluso la injusticia, si no ha sido la iniquidad, de los sistemas sociales de las distintas épocas ("A modo de prólogo", versión citada, pág. 252).

El discreto encanto del crimen

Tanto Verlaine como Villon nos hacen confesar que las desviaciones de la conducta, la lucha con una vida áspera e insegura, el estar en precario, las estancias en las cárceles y en los hospitales, el alcoholismo habitual, la frecuentación de los bajos fondos, el crimen incluso, no son del todo incompatibles con las delicadezas más exquisitas de la producción poética. Si fuera a filosofar sobre este aspecto, tendría que dejar bien claro que el poeta no es un ser especialmente social. En la medida en que es poeta, no es encasillable en ninguna organización utilitaria. El respeto a las leyes civiles expira en el umbral del antro en que se forman sus versos. Los más grandes, Shakespeare o Hugo, han preferido imaginar y dotar de vida a seres irregulares, rebeldes a toda autoridad, amantes adúlteros y los han convertido en héroes y en personajes simpáticos. Se sienten mucho menos a gusto cuando intentan exaltar la virtud: los virtuosos, ¡ay!, no son buenos asuntos literarios. El desprecio al burgués, instituido por los románticos, y que no dejó de tener secuelas políticas, viene a ser en definitiva el desprecio a la vida ordenada.

El poeta es portador, pues, de una cierta mala conciencia. Pero el instinto de moralidad siempre está agazapado en algún sitio. Entre los bribones de peor laya, en los medios más perversos, siempre acaba por aparecer la norma y se instituyen las leyes de la jungla. El código de los poetas no tiene más que un artículo, que será mi última palabra:

Bajo pena de muerte poética, dice nuestra ley, tened talento, e incluso... un poco más. ("Villon y Verlaine", versión citada, pág. 25).

El licenciado Villon

Villon, que antes se llamó François de Montcorbier, nació en París en 1431. Su madre, demasiado pobre como para poder educarlo, lo entregó al cuidado de un docto sacerdote, Guillaume de Villon, que pertenecía a la comunidad de Saint-Benoît-le-Betourné, donde vivía. Allí creció y recibió la instrucción elemental François Villon. Parece que su padre adoptivo se mostró siempre indulgente con él, incluso cariñoso. A la edad de dieciocho años, el joven recibió el título de bachiller, y a los veintiún años, en el verano de 1452, la licenciatura. ¿Qué podía saber? Sin duda, lo que se podía aprender después de seguir, mejor o peor, los cursos de la Facultad de artes: gramática (latina), lógica formal, retórica (una y otra aristotélicas, en lo que de Aristóteles se sabía e interpretaba entonces); además, un poco de matafísica y unas nociones morales, físicas y naturales en el nivel de conocimientos que se tenía en la época.

Pero la voz licencia tiene una doble acepción. Nada más recibir su título, Villon empieza a llevar una vida cada vez más libre y, muy pronto, peligrosa. El ambiente de los clérigos era una extraña mezcolanza. La condición de clérigo era muy apetecida por quienes podían imaginarse a sí mismos, antes o después, rindiendo cuentas ante la justicia. El hecho de ser clérigo daba derecho la posibilidad de reclamar un juicio eclesiástico y escapar, así, a la jurisdicción ordinaria, que tenía una mano mucho más dura. Muchos clérigos eran gentes de costumbres detestables y había muchos siniestros caballeros mezclados con la gente de iglesia; muchos, también, se hacían pasar por frailes; no era extraño que en las cárceles se dieran clases particulares de latín con objeto de que pudiera el alumno fingirse eclesiástico y así, poder cambiar de juez.

En este mundo abellacado, Villon hizo amistades de la peor especie. No debían de carecer de encanto las damas de este ambiente que, como cabía esperar, desempeñaron un papel importante en el pensamiento y en las aventuras del poeta. Seguro que ninguna de ellas pudo imaginar que aquel muchacho les iba a dar su porción de inmortalidad: ni Blanche la Savetière [la zapatera], ni la gorda Margot, ni la bella Heaulmière [la armera, la mujer del fabricante de yelmos], ni Jeahanneton la Chaperonière [la mujer del fabricante de capuchas], ni Katherine la Bourcière [la bolsera]. Obsérvese que los apodos hacen todos referencias a corporaciones... como si todos los diferentes oficios hubieran sacrificado sus mujeres a la diosa, y el artesanado de la edad media implicase irremisiblemente el infortunio conyugal. (Versión citada, pág. 18).

La oración del réprobo

La vida de François Villon es, como su obra, bastante tenebrosa, en toda la extensión del término. En una y otra, y en el personaje mismo, hay grandes oscuridades.

Poco nos aclara sobre su verdadera naturaleza cuanto sabemos de él, pues todo, o casi todo, procede de sus versos o de la justicia; dos fuentes que concuerdan bastante en los hechos y a partir de cuya consideración conjunta cabe concebir un hombre de muy mala condición, vengativo, capaz de las peores fechorías, pero que también puede sorprendernos con un tono piadoso o tierno como el que aparece en la célebre y admirable obra en que pone una oración en boca de su madre, esa pobre mujer que un día de 1435 puso a aquel hijo destinado al mal, a la gloria, a las cadenas y a la poesía, a aquel François de Montcorbier, en manos del Maestro Guillaume de Villon, capellán de la capilla de Saint-Jean, en la iglesia de Saint-Benoît-le-Bétourné.

Les recordamos La balada, una de las joyas de la poesía francesa:

Femme je suis povrette et ancienne,

Ne rien ne sçay; oncques letre ne leuz,

Au moustier voy dont je suis paroissienne

Paradis paint où sont harpes et luz...

(Mujer soy pobrecilla y anciana, / que nada sé; jamás leí una letra, / en el monasterio en el que soy parroquiana veo / el paraíso pintado en que hay arpas y laúdes...)

Pese a algunos términos ligeramente distintos, esta es ya nuestra lengua; aunque pronto hará quinientos años que se escribieron estos versos, aún podemos gozar con ellos y emocionarnos. También podemos maravillarnos con el arte que ha producido esta obra maestra de forma perfecta, esta construcción estrófica, a un tiempo serena y musicalmente perfecta, en la que una sintaxis claramente diversificada y una plenitud absolutamente natural en la sucesión de las figuras casa con gracia su requerimiento de diez sílabas de cuatro rimas. (Versión citada, pág. 15)


[1] El texto hace referencia al conocido silogismo: Todos los hombres son mortales. Sócrates es un hombre; luego, Sócrates es mortal.







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