martes, 9 de diciembre de 2008

Caballero pasa revista al periodismo colombiano

JCL


Patadas de ahogado, publicado por el Grupo Planeta en los últimos días del 2002, es un libro que recoge los resultados de unas conversaciones sostenidas entre los periodistas Juan Carlos Iragorri y Antonio Caballero. Hablaron de tauromaquia, vicios, literatura, política y pintura. También sobre periodismo, claro, y Caballero escupió, con la sevicia y claridad que lo caracterizan, sus opiniones sobre el oficio y los colegas.

Para empezar, Caballero sostiene que el periodismo colombiano es mediocre si se lo compara con el de otros países, e incluso con el que se hacía aquí hace unos años, por la sencilla razón de que la educación es cada vez peor. "Y eso hace que los periodistas colombianos, que son por lo demás cada vez más profesionalizados en el sentido más estrecho –en el de que son exclusivamente periodistas–, hayan recibido una educación de tan mala calidad que se refleja en lo que hacen. No conocen la historia, ni la geografía, ni las ideas. ¿Cómo van a entender para poder informar?"

Los medios donde trabaja, no se escapan. (Dios perdona, Antonio no). "El Tiempo se ha convertido exclusivamente en una máquina de ganar plata. No le interesa la parte formativa ni informativa de los lectores. Su sección internacional es muy pobre. Además de hacer plata, un periódico de esas dimensiones tiene una obligación ética con sus lectores, la de informarlos verazmente, y El Tiempo no la cumple".

Sobre Semana, dice que es una revista frívola, hecha a las patadas, sin ninguna seriedad periodística y donde sigue primando la rentabilidad sobre el servicio público. Reconoce que hace mejor su trabajo que El Tiempo. "Cambio también, con altibajos. Se los reprocho menos porque tienen muchísima menos capacidad económica que El Tiempo".

Juan Carlos Iragorri, que tiene el sentido de la pertinencia, y maneja bien los dos ases del entrevistador, la irreverencia y la contrapregunta, le llama la atención sobre su dureza para juzgar las publicaciones donde él mismo escribe. ¿Es eso un alarde de independencia, o simplemente un mordisco a la mano que lo alimenta? –le pregunta.

"No son los dueños de los medios de comunicación los que nos dan de comer a los periodistas –explica el columnista–. Somos nosotros, los que hacemos los periódicos, los que les damos de comer a ellos".

Luego Caballero da dos reglas de oro del columnismo, una preceptiva y otra estratégica:

1. Se debe tratar un solo asunto a la vez.

2. Para mantener una relativa independencia de los dueños de los medios de comunicación, lo mejor es escribir en varias publicaciones al tiempo.

"Eso es lo que he hecho toda la vida. Nunca he escrito para un solo medio y nunca he firmado cláusulas de exclusividad".

Luego el entrevistador lo invita a que califique a sus colegas, y el hombre se despacha.

De Enrique Santos Calderón, el codirector de El Tiempo, recuerda que tenía una inmensa capacidad de trabajo en los años del ruido, cuando trabajaban en Alternativa, y su excelente Contraescape, por años la columna más leída del país. "Pero en los últimos años ha perdido las ganas de trabajar. Y a veces las de pensar".

Reconoce que Daniel Samper fue el pionero del periodismo investigativo en Colombia. Que como columnista fue brillante y serio. Pero cree que perdió los papeles durante el gobierno de su hermano y no los ha recuperado. Yo creo que lo que perdió a Daniel fue la obligación de ser chistoso. Hacer tantas columnas de humor es algo que puede marear a cualquiera, hasta el punto de hacerlo naufragar en un mar de babas. O en un postre de ñatas. El humor, se sabe, es muy difícil. Llega, y debe darse, a cuentagotas. En chorros empalaga. O emboba.

"Hernando Gómez Buendía es un excelente analista, aunque su tono es muy profesoral".

"Héctor Abad Faciolince me encanta cuando escribe sobre temas intrascendentes".

"Alejandro Santos es muy soso".

De los hombres de uniforme, tiene una opinión sorpresiva: "Álvaro Valencia Tobar no es el único general que sabe escribir, pero sí el único al que le dan una columna en los periódicos".

"Roberto Pombo es sensato, habla con mucha gente –como María Jimena Duzán–, escribe en forma muy agradable –al contrario de María Jimena– y no se toma muy en serio a sí mismo".

"Abdón Espinosa Valderrama es pesado y reitera mucho su punto de vista pero escribe correctamente y nunca dice tonterías".

"Felipe López dirige y hace Semana. Nada sucede ahí sin su consentimiento. No escribe: rescribe o corrige. Salpica los artículos que revisa con percepciones brillantes y frases contundentes. Pero por frivolidad y mercantilismo le presta más interés a lo sensacional que a lo importante".

"María Isabel Rueda escribe lo que mucha gente piensa, y eso le ayuda a uno a saber que tienen en mente las clases dirigentes colombianas. Es como leer una encuesta de Napoleón Franco entre empresarios y señoras y ricos en general. Y hasta entre militares, a veces".

"María Elvira Samper prefiere trabajar a dirigir, y tiene un criterio muy claro sobre qué es lo que importa en el periodismo".

De Alfonso López Michelsen dice que es de una superficialidad asombrosa y que tiene dos temas: los bochinches cachacos y la defensa de alguna medida que aplicó durante su gobierno (café, petróleo, guerrilla, etc.), y que dejó de aplicarse luego, razón por la cual estamos como estamos. Tiene éxito como columnista porque el éxito trae éxito. "Como ha triunfado en la política, ha sido Presidente de Colombia y ha mandado en la clase dirigente durante muchos años, se ha convertido en una suerte de gurú. No interesa que sea uno de los grandes responsables de la tragedia que estamos viviendo. Tenía razón Darío Echandía: En Colombia no hay nada más respetable que una larga impunidad".

"Misael Pastrana fracasó como columnista porque era aburridísimo. Yo era el único que leía su revista Guión".

"Carlos Lleras fue un periodista más serio que Alfonso López Michelsen. Leía más. Escribía mejor". Ahora, mejor que ellos y mucho más influyente fue Alberto Lleras Camargo... Pero, mire. En Colombia todos los presidentes han sido columnistas de prensa. Desde Antonio Nariño. Desde Gonzalo Jiménez de Quesada. Y casi todos los columnistas han sido presidentes. Buenos columnistas, como Miguel Antonio Caro, el señor Suárez o Eduardo Santos. O malos, como Julio César Turbay Ayala. Y todos malos como presidentes".

Sostiene que en Colombia la presidencia y el columnismo son hereditarios, y ha formulado dos leyes al respecto:

1. Todo Presidente es peor que su antecesor.

2. Los descendientes escriben peor que sus mayores.

Para demostrar la segunda pone de ejemplo a D'Artagnan, cuyo 'estilo' es infinitamente inferior al de su abuelo Roberto García-Peña; a Juan Lozano, tan inferior a su abuelo Juan Lozano y Lozano; y a él mismo, que se considera, literariamente, muy por debajo de su padre, el novelista Eduardo Caballero Calderón.

La excepción a la regla es Enrique Santos Calderón, mucho mejor que su padre, Calibán, "que siempre me pareció muy mediocre. De él vienen varios defectos de la prensa de opinión colombiana: la frivolidad, la falta de investigación, el opinar siguiendo los dictados de la bilis. Calibán hizo mucho daño en ese sentido. Pero se volvió famoso y paradigmático porque era el primer columnista del primer diario del país".

"D'Artagnan es el correveidile de los ex presidentes liberales –Turbay, López, Samper–. No se le puede pedir carácter porque no tiene ni siquiera ortografía. No califica ni siquiera como gourmet. ¿Qué por qué estoy tan seguro? Porque lo he visto comer. No le volví a contestar sus provocaciones porque le doy prestigio".

"Plinio Apuleyo Mendoza es un escritor notable. Usa con talento dos elementos esenciales de la columna de prensa, la brevedad y la contundencia. Yo lo leo con una mezcla de placer y cólera. Y gana la cólera porque es de mala fe (difama, tergiversa) y porque es dañino: pone siempre su talento al servicio del más fuerte, sea quien sea: los militares, los paramilitares, las multinacionales, los ricos. Es de un arribismo desmesurado, de un oportunismo sin límites y eso, como es natural, lo ha llevado a la extrema derecha con la pasión que ponen en esas cosas los conversos".

(Plinio ya contestó. Desde su muelle embajada en Portugal, y con el rigor y la prosa que lo caracterizan, señaló varios dislates ideológicos de Caballero y ensayó una definición de su estilo: "Antonio abusa de la paradoja fácil, humorística, incongruente, muy bogotana, es en él un estilo y una forma de coquetería. Burbujas, chisporroteo o luces de bengala que brillan un instante sin configurar un pensamiento sólido". (Lecturas Dominicales. Diciembre 22/02)

Acepta que no le gustan ni cinco Felipe Zuleta ni Salud Hernández (la española que dijo que las pereiranas era zordas), que Ramiro Bejarano es interesante cuando revela secretos que sólo él conoce, y que "Jorge Enrique Robledo, de La Patria de Manizales, es el mejor columnista del país, pero no es 'el más leído' porque nadie lee La Patria, ni yo". Sobre Rafael Santos Calderón y Francisco Santos, dice que "son malísimos. No piensan. Improvisan".

"Lemos Simmonds es inteligente y buen escritor de periódicos. Paradigma del político sinuoso y aprovechador. Ha estado en todas, desde el partido comunista hasta la guardia pretoriana de Samper, sin dejar de ser nunca turbayista, es decir, oportunista. Y ahí está ahora, haciendo oposición al régimen desde su pensión de ex presidente. Y no le da vergüenza".

Sobre los caricaturistas, dice que le gusta la línea de Mico y la de Chócolo; que Osuna tiene cosas espléndidas, en especial cuando encuentra enemigos, y que sabe encontrar parecidos no sólo físicos sino psicológicos, algo que en Colombia no se hacía desde Rendón. Vladdo le parece pontificante. "Como dibujante puro, el mejor es sin duda Ugo Barti".

Confiesa que escribe para comer, que desciende de una familia aristocrática venida a menos, que sabe nadar y le gusta bailar y cantar, que estuvo casado con una española diez años y que conoce el miedo. Estudio un año de derecho, "como todo el mundo", escribe en máquina manual porque no pudo con el computador, le gusta comer bien y considera un arte el toreo.

"La historia es de los vencedores, y me temo que, aunque me haya ido bien en la vida, yo soy de los vencidos. Pero pataleo, como hacen los ahorcados", dice al final.

En un país donde la crítica es casi inexistente, reconforta que alguien sustente sus fobias y sus amores, que tenga criterio y sepa definir sus términos de trabajo. Esto en lo técnico. En lo moral, hay que aplaudir su coraje y su generosidad, porque es un hombre que en vez de atrincherarse en sus privilegios, da la pelea por los que no tienen privilegios. Ni tribuna. Salud, Antonio.

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