sábado, 6 de diciembre de 2008

Cuervo, o la torre de papel

Por: Julio César Londoño

E

n 1882 los hermanos Cuervo, Angel y Rufino José vendieron la cervecería que habían montado en Bogotá unos años atrás, se instalaron en París en un apartamento cómodo pero con la austeridad de siempre, y de inmediato Rufino José reinició su trabajo del Diccionario, obra que había iniciado 10 años antes. Con sus manos grandes y dedos largos y nudosos llenaba, con letra menuda, miles de papeletas registrando acepciones, señalando grafías, rastreando etimologías y clasificando sintácticamente ejemplos de uso tomados de los clásicos castellanos, trabajabando hasta la medianoche, cuando por fin apagaba la lámpara. Se levantaba al amanecer, iba a pie hasta la iglesia de Saint-Germain-L'Auxerrois, frente a la fachada oriental del Louvre, escuchaba el oficio de maitines y volvía a sus fichas e infolios. Esta rutina sólo era rota algunos días en que se levantaba un poco más tarde, se vestía con más cuidado, y se perfumaba para visitar alguna biblioteca.

En 1886 publicó el primer tomo (A-B) del Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana y emprendió, sin tomar aire, la redacción del segundo, que le tomaría más tiempo que el primero. El esfuerzo lo estaba minando. Un daguerrotipo de 1891 –iba a cumplir apenas 47 años– lo muestra prematuramente envejecido: de mediana estatura, cargado de espaldas, la tez muy pálida, las primeras canas en la barba negrísima, la frente prolongada por la calvicie, los ojos grandes y expresivos enmarcados en dos ojeras árabes, la expresión serena y mística que no se aviene con el adusto entrecejo. El exceso de trabajo había acentuado su fragilidad congénita y acarreádole serios quebrantos de salud. Se fatigaba y resfriaba con facilidad, y sufría molestias en los ojos. Preocupado, Ángel lograba llevárselo durante cortas temporadas al mar o a la montaña... con la condición de que lo dejara llevar dos maletas llenas de papeles.

En 1893 publica el segundo tomo (C-D). Sorpresivamente, Ángel se acaba primero y muere de pulmonía en 1896. Rufino José lo llora amargamente pero continúa su trabajo. La emprende con la infinita E, escribe para las grandes revistas científicas y testa legando sus bienes a una institución de caridad y su biblioteca al municipio de Santafé de Bogotá. En 1903, disgustado por el reconocimiento de Francia al gobierno de la separatista República de Panamá, cuelga la Cruz de la Legión de Honor del cuello de su perro. En 1911 su salud empeoró. Pasó la mayor parte del primer semestre en la cama y sólo redactó seis monografías del Diccionario en este intervalo. El 17 de julio arregló personalmente su habitación, aprovechando una mejoría repentina, con cirios y flores, se arregló con más esmero que de costumbre, luego se recostó y expiró. Respetando su voluntad, fue enterrado sin discursos ni coronas en el cementerio de Père Lachaise. "Murió cuando apenas iba por la letra E, en París; lejos de Bogotá... y de la Z", escribe Fernando Vallejo, esa suerte de Truman Capote criollo.

EL DICCIONARIO EN EQUIPO

La ley 5ª de 1942 creó el Instituto Caro y Cuervo incluyendo entre sus objetivos prioritarios la culminación del Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana. Siguiendo las directrices trazadas por Cuervo en la introducción del primer tomo, aprovechando las 53 monografías de la E que alcanzó a desarrollar y los cerca de 40 mil ejemplos de uso que dejó compilados de los vocablos de las letras siguientes, hasta la L, un equipo de 40 investigadores colombianos dirigidos a través de los años por Felix Restrepo, José Manuel Rivas, Fernando Antonio Martínez, Rafael Torres, Ignacio Chávez y Edilberto Cruz, asesorados por los españoles Pedro Urbano, Joan Corominas y José-Álvaro Porto, y patrocinados por los gobiernos de España y Colombia, la Unión Panamericana, la OEA, la Organización de Estados Iberoamericanos y la Fundación Mario Santo Domingo, logró entregar en 1994, luego de 42 años de trabajo, los seis tomos restantes del Diccionario. El lector puede deducir del tamaño de esta minga, responsable de cerca de los 2/3 de la obra, la monstruosa capacidad de trabajo del hombre que hizo, completamente solo, el tercio inicial.

DESCRIPCION DE LA OBRA

En las 9.536 páginas de los ocho volúmenes sólo hay unos 3.000 vocablos (un diccionario corriente puede traer 60.000 entradas), en su mayoría verbos, que es la categoría más importante y "accidentada" de la morfología castellana. No se trata, pues, de un diccionario "completísimo". Es inútil buscar en él palabras como casa, durazno o palustre. Tampoco están teselación, fractal ni clonación. En cambio, la preposición de es estudiada a lo largo de 40 páginas en octavo, en fuente de 11 puntos, el verbo haber ocupa 17 páginas, ser 18 y estar 36. Así tiene que ser en un diccionario de régimen, palabra que ya los gramáticos no usan pero que se refiere a esa parte de la sintaxis que se ocupa de averiguar qué preposición pide un verbo (¿debemos decir dudar de o dudar que?), cómo cambia aquella el significado de éste (la expresión no se compadece de alude, obviamente, a un acto de impiedad; pero no se compadece con señala una incongruencia: "Sus calificaciones no se compadecen con su inteligencia"); o qué caso señala una preposición: es el régimen el que nos dice que el verbo aspirar pide la preposición a; que la preposición con sugiere el ablativo.

La construcción se refería a la arquitectura de toda la frase, a la manera como las palabras deben articularse en esa unidad lógica llamada oración. Se trata, pues, de un diccionario sintáctico.

Yo he hojeado con placer, y un principio de vértigo, sus 600.000 ejemplos de uso espigados en nueve siglos de prosa y verso castellanos; casi podría uno seguir la historia de la evolución semántica de cada uno de los vocablos allí recogidos; la monografía de escribir, demos por caso, está llena de sabrosas noticias:

Según dice Estrabón, De situ Orbis, primero escribieron los hombres en ceniza, después en hojas de laurel, después en planchas de plomo y después en pergamino y lo último vinieron a escribir en papel. Es también de saber que en las piedras escribían con hierro, en las hojas con pinceles, en la ceniza con los dedos, en las cortezas con cuchillos, en el pergamino con cañas, y en el papel con péñolas. La tinta con que escribieron los antiguos fue la primera de un pece que se llamaba jibia, después la hicieron de sumo zarzas, después de ollín de humo, después de bermellón, después de cardenillo y al fin la inventaron de grana, agallas, caparrosa y vino. (Antonio de Guevara, Epistolas familiares).

Los antiguos, cuando aún no se había inventado el papel, para escribir sobre cortezas de árboles o sobre tablillas bañadas de cera, se servían de un punzón de hierro que llamaban estilo. (Ignacio de Luzán, Poesías),

pero aún no me atrevo a decir para qué sirve ese "monumento a la lengua" como lo han llamado los críticos contemporáneos, ni soy capaz de dar una buena definición de él, ni estoy muy seguro de saber usarlo, ni ha contribuido a resolver mis titubeos sintácticos, y a veces me ha asaltado en la alta noche la idea sacrílega de que el Diccionario sea sólo el delirio de un genio que perdió el juicio en el curso de sus agotadoras jornadas de trabajo en un austero apartamento parisino; tal vez algún otro sabio tan terco como Cuervo dedique su vida a estudiar el Diccionario, y muera dejando inconclusa su evaluación y un equipo de 40 filólogos emplee 40 años en terminarla y publique al fin la monografía crítica definitiva.

No soy el único que está confundido. María Mercedes Carranza escribió en la revista Semana (febrero 8/99) que el Diccionario "absuelve dudas de toda índole en el manejo del idioma" –uno de los dislates más enternecedores en la historia de la crítica literaria de Occidente. El que llega al Diccionario con una duda, sale con tres. Nunca pasó por la mente de Cuervo la idea de hacer un manual normativo del uso de la lengua. "Jamás ha sido nuestro intento –escribió en el capítulo VII de El castellano en América– escribir un código inflexible, especie de Alcorán, con el cual hayan de juzgarse los escritos, discursos y conversaciones de las gentes". Haciendo un paralelo entre Caro y Cuervo, Fernando Martínez, el filólogo bugueño que dirigió una larga etapa del proceso de continuación del Diccionario, ha señalado con precisión que Caro era un legislador nato, un amante del orden gramatical que aspiraba a que las lenguas se rigieran con leyes inflexibles y lógicas; Cuervo, aunque no ajeno a la tentación totaliteraria, como lo demostró en su sonada polémica con Juan de Valera, era un notario desvelado que era feliz registrando el desorden y la exuberancia del castellano, y para quien "el uso era al fin y al cabo la fuente y el origen de toda discrepancia, lo mismo que de cualquier solución." (Fernando Martínez, Cuervo, págs. 95 y 96, Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, 1954).

Frente al Diccionario de construcción y régimen es inevitable sentirse ínfimo. García Márquez, un señor que tiene alguna idea del castellano y que es, como lo fue Cuervo, maniático de los diccionarios, ha dicho con la ambigüedad, la poesía y las hipérboles de su estilo, que se trata de "una novela de las palabras, o del diccionario menos imaginable del mundo por su fórmula y tamaño, por el siglo y cuarto de su ejecución, y por su inutilidad práctica". (Lecturas Dominicales, octubre 10/99. Quizá no esté de más anotar que entre artistas, y desde Wilde, el adjetivo inútil es casi elogioso).

El diccionario se ocupa de muchas cosas (sintáxis, etimología, prosodia, ortografía y morfología) y quizá aquí estriba, en su dispersión y prolijidad, la raíz de sus limitaciones. El exceso de frentes diluyó la fuerza que tenía el proyecto inicial, el de ser justamente un diccionario especializado en sintaxis, y el exceso de ejemplos hizo tan voluminosa la obra que volvió engorrosa la consulta. ¿Era necesario citar diez autores para demostrar que la preposición a tenía, entre otras acepciones, la de indicar el destino del viaje o el fin de un movimiento? Con todo el respeto de que los legos somos capaces creo que los ejemplos deben reservarse, sobre todo en obras que quieren maximizar el aprovechamiento del espacio hasta el punto de que vienen repletas de abreviaturas y signos, para dilucidar cuestiones espinosas, no para reconfirmar las obvias. El espacio así ahorrado habría podido aprovecharse para aumentar el número de entradas o para interclar comentarios gramaticales –ausentes, de sorpresiva manera, en una obra esencialmente gramatical.

Con los conocimientos de un polígrafo como él, había podido hacer un delicioso libro de comentarios etimológicos en lugar de esas notas estíticas que incluyó al final de las monografías. Digo libro etimológico y no diccionario porque me parece que sobre las obras exhaustivas pesa una maldición. Los críticos que pretenden comentar todas las obras de un autor, las enciclopedias que pretenden abarcar todos los escritores de la historia, los estudios, en fin, que pretenden analizar todos los ángulos de algún asunto son fatalmente jartos. El investigador exhaustivo contrae un cansancio y un hastío que terminan reflejados en la obra. La caricatura es siempre un buen retrato, y los mejores cuadros son bocetos, y los mejores ensayos son siempre parciales, cosa que sabían perfectamente Borges y Schwob.

A Cuervo lo perdió la ambición. O algún complejo cuyo origen los investigadores del futuro seguramente exhumarán. Dudando de la calidad de su trabajo, creyó que tenía que hacer una obra signada por la cantidad. Debió haber dirigido el proyecto. Sentarse él mismo a hacer esa labor dispendiosa y que no requería una gran inteligencia –reunir decenas de miles de ejemplos de uso– es el derroche de tiempo y de genio más lamentable que registra la historia intelectual de Colombia. En lugar de estar incurriendo en la poesía, su amigo Miguel Antonio Caro, el presidente gramático, debió haberle puesto un ejército de secretarios y unos cuantos filólogos que se encargaran de las minucias y le dejaran la cabeza y el tiempo libres para empresas dignas de su talento... aunque ¿tenía talento Cuervo, o sólo paciencia y laboriosidad?

Leyendo el prólogo del Diccionario, sus notas a la Gramática de Bello y Las apuntaciones críticas al lenguaje bogotano echa uno de menos la presencia de un pasaje siquiera de alto vuelo, una reflexión general sobre el lenguaje o el castellano, un respiro poético en medio de tanto ablativo y acusativo, de tanta cita y tanto rigor, pero nada; ni siquiera en El castellano en América, que es prosa corrida y no texto gramatical, abandona Cuervo su tono profesoral, sus minucias gramaticales, su exceso de ejemplos ni la lupa filológica. Quizá nunca fue una persona especialmente sensible sino estudiosa, un incansable compilador. "Notario de la lengua, antes que juez", como a él mismo le gustaba llamarse. Sí, notario, no ensayista ni filósofo ni poeta; sólo un desvelado guardián de las palabras y un amante rendido del castellano.


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