martes, 9 de diciembre de 2008

Caballero pasa revista al periodismo colombiano

JCL


Patadas de ahogado, publicado por el Grupo Planeta en los últimos días del 2002, es un libro que recoge los resultados de unas conversaciones sostenidas entre los periodistas Juan Carlos Iragorri y Antonio Caballero. Hablaron de tauromaquia, vicios, literatura, política y pintura. También sobre periodismo, claro, y Caballero escupió, con la sevicia y claridad que lo caracterizan, sus opiniones sobre el oficio y los colegas.

Para empezar, Caballero sostiene que el periodismo colombiano es mediocre si se lo compara con el de otros países, e incluso con el que se hacía aquí hace unos años, por la sencilla razón de que la educación es cada vez peor. "Y eso hace que los periodistas colombianos, que son por lo demás cada vez más profesionalizados en el sentido más estrecho –en el de que son exclusivamente periodistas–, hayan recibido una educación de tan mala calidad que se refleja en lo que hacen. No conocen la historia, ni la geografía, ni las ideas. ¿Cómo van a entender para poder informar?"

Los medios donde trabaja, no se escapan. (Dios perdona, Antonio no). "El Tiempo se ha convertido exclusivamente en una máquina de ganar plata. No le interesa la parte formativa ni informativa de los lectores. Su sección internacional es muy pobre. Además de hacer plata, un periódico de esas dimensiones tiene una obligación ética con sus lectores, la de informarlos verazmente, y El Tiempo no la cumple".

Sobre Semana, dice que es una revista frívola, hecha a las patadas, sin ninguna seriedad periodística y donde sigue primando la rentabilidad sobre el servicio público. Reconoce que hace mejor su trabajo que El Tiempo. "Cambio también, con altibajos. Se los reprocho menos porque tienen muchísima menos capacidad económica que El Tiempo".

Juan Carlos Iragorri, que tiene el sentido de la pertinencia, y maneja bien los dos ases del entrevistador, la irreverencia y la contrapregunta, le llama la atención sobre su dureza para juzgar las publicaciones donde él mismo escribe. ¿Es eso un alarde de independencia, o simplemente un mordisco a la mano que lo alimenta? –le pregunta.

"No son los dueños de los medios de comunicación los que nos dan de comer a los periodistas –explica el columnista–. Somos nosotros, los que hacemos los periódicos, los que les damos de comer a ellos".

Luego Caballero da dos reglas de oro del columnismo, una preceptiva y otra estratégica:

1. Se debe tratar un solo asunto a la vez.

2. Para mantener una relativa independencia de los dueños de los medios de comunicación, lo mejor es escribir en varias publicaciones al tiempo.

"Eso es lo que he hecho toda la vida. Nunca he escrito para un solo medio y nunca he firmado cláusulas de exclusividad".

Luego el entrevistador lo invita a que califique a sus colegas, y el hombre se despacha.

De Enrique Santos Calderón, el codirector de El Tiempo, recuerda que tenía una inmensa capacidad de trabajo en los años del ruido, cuando trabajaban en Alternativa, y su excelente Contraescape, por años la columna más leída del país. "Pero en los últimos años ha perdido las ganas de trabajar. Y a veces las de pensar".

Reconoce que Daniel Samper fue el pionero del periodismo investigativo en Colombia. Que como columnista fue brillante y serio. Pero cree que perdió los papeles durante el gobierno de su hermano y no los ha recuperado. Yo creo que lo que perdió a Daniel fue la obligación de ser chistoso. Hacer tantas columnas de humor es algo que puede marear a cualquiera, hasta el punto de hacerlo naufragar en un mar de babas. O en un postre de ñatas. El humor, se sabe, es muy difícil. Llega, y debe darse, a cuentagotas. En chorros empalaga. O emboba.

"Hernando Gómez Buendía es un excelente analista, aunque su tono es muy profesoral".

"Héctor Abad Faciolince me encanta cuando escribe sobre temas intrascendentes".

"Alejandro Santos es muy soso".

De los hombres de uniforme, tiene una opinión sorpresiva: "Álvaro Valencia Tobar no es el único general que sabe escribir, pero sí el único al que le dan una columna en los periódicos".

"Roberto Pombo es sensato, habla con mucha gente –como María Jimena Duzán–, escribe en forma muy agradable –al contrario de María Jimena– y no se toma muy en serio a sí mismo".

"Abdón Espinosa Valderrama es pesado y reitera mucho su punto de vista pero escribe correctamente y nunca dice tonterías".

"Felipe López dirige y hace Semana. Nada sucede ahí sin su consentimiento. No escribe: rescribe o corrige. Salpica los artículos que revisa con percepciones brillantes y frases contundentes. Pero por frivolidad y mercantilismo le presta más interés a lo sensacional que a lo importante".

"María Isabel Rueda escribe lo que mucha gente piensa, y eso le ayuda a uno a saber que tienen en mente las clases dirigentes colombianas. Es como leer una encuesta de Napoleón Franco entre empresarios y señoras y ricos en general. Y hasta entre militares, a veces".

"María Elvira Samper prefiere trabajar a dirigir, y tiene un criterio muy claro sobre qué es lo que importa en el periodismo".

De Alfonso López Michelsen dice que es de una superficialidad asombrosa y que tiene dos temas: los bochinches cachacos y la defensa de alguna medida que aplicó durante su gobierno (café, petróleo, guerrilla, etc.), y que dejó de aplicarse luego, razón por la cual estamos como estamos. Tiene éxito como columnista porque el éxito trae éxito. "Como ha triunfado en la política, ha sido Presidente de Colombia y ha mandado en la clase dirigente durante muchos años, se ha convertido en una suerte de gurú. No interesa que sea uno de los grandes responsables de la tragedia que estamos viviendo. Tenía razón Darío Echandía: En Colombia no hay nada más respetable que una larga impunidad".

"Misael Pastrana fracasó como columnista porque era aburridísimo. Yo era el único que leía su revista Guión".

"Carlos Lleras fue un periodista más serio que Alfonso López Michelsen. Leía más. Escribía mejor". Ahora, mejor que ellos y mucho más influyente fue Alberto Lleras Camargo... Pero, mire. En Colombia todos los presidentes han sido columnistas de prensa. Desde Antonio Nariño. Desde Gonzalo Jiménez de Quesada. Y casi todos los columnistas han sido presidentes. Buenos columnistas, como Miguel Antonio Caro, el señor Suárez o Eduardo Santos. O malos, como Julio César Turbay Ayala. Y todos malos como presidentes".

Sostiene que en Colombia la presidencia y el columnismo son hereditarios, y ha formulado dos leyes al respecto:

1. Todo Presidente es peor que su antecesor.

2. Los descendientes escriben peor que sus mayores.

Para demostrar la segunda pone de ejemplo a D'Artagnan, cuyo 'estilo' es infinitamente inferior al de su abuelo Roberto García-Peña; a Juan Lozano, tan inferior a su abuelo Juan Lozano y Lozano; y a él mismo, que se considera, literariamente, muy por debajo de su padre, el novelista Eduardo Caballero Calderón.

La excepción a la regla es Enrique Santos Calderón, mucho mejor que su padre, Calibán, "que siempre me pareció muy mediocre. De él vienen varios defectos de la prensa de opinión colombiana: la frivolidad, la falta de investigación, el opinar siguiendo los dictados de la bilis. Calibán hizo mucho daño en ese sentido. Pero se volvió famoso y paradigmático porque era el primer columnista del primer diario del país".

"D'Artagnan es el correveidile de los ex presidentes liberales –Turbay, López, Samper–. No se le puede pedir carácter porque no tiene ni siquiera ortografía. No califica ni siquiera como gourmet. ¿Qué por qué estoy tan seguro? Porque lo he visto comer. No le volví a contestar sus provocaciones porque le doy prestigio".

"Plinio Apuleyo Mendoza es un escritor notable. Usa con talento dos elementos esenciales de la columna de prensa, la brevedad y la contundencia. Yo lo leo con una mezcla de placer y cólera. Y gana la cólera porque es de mala fe (difama, tergiversa) y porque es dañino: pone siempre su talento al servicio del más fuerte, sea quien sea: los militares, los paramilitares, las multinacionales, los ricos. Es de un arribismo desmesurado, de un oportunismo sin límites y eso, como es natural, lo ha llevado a la extrema derecha con la pasión que ponen en esas cosas los conversos".

(Plinio ya contestó. Desde su muelle embajada en Portugal, y con el rigor y la prosa que lo caracterizan, señaló varios dislates ideológicos de Caballero y ensayó una definición de su estilo: "Antonio abusa de la paradoja fácil, humorística, incongruente, muy bogotana, es en él un estilo y una forma de coquetería. Burbujas, chisporroteo o luces de bengala que brillan un instante sin configurar un pensamiento sólido". (Lecturas Dominicales. Diciembre 22/02)

Acepta que no le gustan ni cinco Felipe Zuleta ni Salud Hernández (la española que dijo que las pereiranas era zordas), que Ramiro Bejarano es interesante cuando revela secretos que sólo él conoce, y que "Jorge Enrique Robledo, de La Patria de Manizales, es el mejor columnista del país, pero no es 'el más leído' porque nadie lee La Patria, ni yo". Sobre Rafael Santos Calderón y Francisco Santos, dice que "son malísimos. No piensan. Improvisan".

"Lemos Simmonds es inteligente y buen escritor de periódicos. Paradigma del político sinuoso y aprovechador. Ha estado en todas, desde el partido comunista hasta la guardia pretoriana de Samper, sin dejar de ser nunca turbayista, es decir, oportunista. Y ahí está ahora, haciendo oposición al régimen desde su pensión de ex presidente. Y no le da vergüenza".

Sobre los caricaturistas, dice que le gusta la línea de Mico y la de Chócolo; que Osuna tiene cosas espléndidas, en especial cuando encuentra enemigos, y que sabe encontrar parecidos no sólo físicos sino psicológicos, algo que en Colombia no se hacía desde Rendón. Vladdo le parece pontificante. "Como dibujante puro, el mejor es sin duda Ugo Barti".

Confiesa que escribe para comer, que desciende de una familia aristocrática venida a menos, que sabe nadar y le gusta bailar y cantar, que estuvo casado con una española diez años y que conoce el miedo. Estudio un año de derecho, "como todo el mundo", escribe en máquina manual porque no pudo con el computador, le gusta comer bien y considera un arte el toreo.

"La historia es de los vencedores, y me temo que, aunque me haya ido bien en la vida, yo soy de los vencidos. Pero pataleo, como hacen los ahorcados", dice al final.

En un país donde la crítica es casi inexistente, reconforta que alguien sustente sus fobias y sus amores, que tenga criterio y sepa definir sus términos de trabajo. Esto en lo técnico. En lo moral, hay que aplaudir su coraje y su generosidad, porque es un hombre que en vez de atrincherarse en sus privilegios, da la pelea por los que no tienen privilegios. Ni tribuna. Salud, Antonio.

sábado, 6 de diciembre de 2008

EL ESPEJO Y LA MÁSCARA


Por Jorge Luis Borges



Librada la batalla de Clontarf, en la que fue humillado el noruego, el Alto Rey habló con el poeta y le dijo:

—Las proezas más claras pierden su lustre si no se las amoneda en palabras. Quiero que cantes mi victoria y mi loa. Yo seré Eneas; tú serás mi Virgilio. ¿Te crees capaz de acometer esa empresa, que nos hará inmortales a los dos?

—Sí, Rey —dijo el poeta—. Yo soy el Ollan. Durante doce inviernos he cursado las disciplinas de la métrica. Sé de memoria las trescientas sesenta fábulas que son la base de la verdadera poesía. Los ciclos de Ulster y de Munster están en las cuerdas de mi arpa. Las leyes me autorizan a prodigar las voces más arcaicas del idioma y las más complejas metáforas. Domino la escritura secreta que defiende nuestro arte del indiscreto examen del vulgo. Puedo celebrar los amores, los abigeatos, las navegaciones, las guerras. Conozco los linajes mitológicos de todas las casas reales de Irlanda. Poseo las virtudes de las hierbas, la astrología judiciaria, las matemáticas y el derecho canónico. He derrotado en público certamen a mis rivales. Me he adiestrado en la sátira, que causa enfermedades de la piel, incluso la lepra. Sé manejar la espada, como lo probé en tu batalla. Sólo una cosa ignoro: la de agradecer el don que me haces.

El Rey, a quien lo fatigaban fácilmente los discursos largos y ajenos, le dijo con alivio:

—Sé harto bien esas cosas. Acaban de decirme que el ruiseñor ya cantó en Inglaterra. Cuando pasen las lluvias y las nieves, cuando regrese el ruiseñor de sus tierras del Sur, recitarás tu loa ante la corte y ante el Colegio de Poetas. Te dejo un año entero. Limarás cada letra y cada palabra. La recompensa, ya lo sabes, no será indigna de mi real costumbre ni de tus inspiradas vigilias.

—Rey, la mejor recompensa es ver tu rostro —dijo el poeta, que era también un cortesano.

Hizo sus reverencias y se fue, ya entreviendo algún verso.

Cumplido el plazo, que fue de epidemias y rebeliones, presentó el panegírico. Lo declamó con lenta seguridad, sin una ojeada al manuscrito. El Rey lo iba aprobando con la cabeza. Todos imitaban su gesto, hasta los que agolpados en las puertas, no descifraban una palabra. Al fin el Rey habló.

—Acepto tu labor. Es otra victoria. Has atribuido a cada vocablo su genuina acepción ya cada nombre sustantivo el epíteto que le dieron los primeros poetas. No hay en toda la loa una sola imagen que no hayan usado los clásicos. La guerra es el hermoso tejido de hombres y el agua de la espada es la sangre. El mar tiene su dios y las nubes predicen el porvenir. Has manejado con destreza la rima, la aliteración, la asonancia, las cantidades, los artificios de la docta retórica, la sabia alteración de los metros. Si se perdiera toda la literatura de Irlanda —omen absit— podría reconstruirse sin pérdida con tu clásica oda. Treinta escribas la van a transcribir dos veces.

Hubo un silencio y prosiguió.

—Todo está bien y sin embargo nada ha pasado. En los pulsos no corre más a prisa la sangre. Las manos no han buscado los arcos. Nadie ha palidecido. Nadie profirió un grito de batalla, nadie opuso el pecho a los vikings. Dentro del término de un año aplaudiremos otra loa, poeta. Como signo de nuestra aprobación, toma este espejo que es de plata.

—Doy gracias y comprendo —dijo el poeta. Las estrellas del cielo retornaron su claro derrotero. Otra vez cantó el ruiseñor en las selvas sajonas y el poeta retornó, con su códice, menos largo que el anterior. No lo repitió de memoria; lo leyó con visible inseguridad, omitiendo ciertos pasajes, como si él mismo no los entendiera del todo o no quisiera profanarlos. La página era extraña. No era una descripción de la batalla, era la batalla. En su desorden bélico se agitaban el Dios que es Tres y es Uno, los númenes paganos de Irlanda y los que guerrearían, centenares de años después, en el principio de la Edda Mayor. La forma no era menos curiosa. Un sustantivo singular podía regir un verbo plural. Las preposiciones eran ajenas a las normas comunes. La aspereza alternaba con la dulzura. Las metáforas eran arbitrarias o así lo parecían.

El Rey cambió unas pocas palabras con los hombres de letras que lo rodeaban y habló de esta manera:

—De tu primera loa pude afirmar que era un feliz resumen de cuanto se ha cantado en Irlanda. Ésta supera todo lo anterior y también lo aniquila. Suspende, maravilla y deslumbra. No la merecerán los ignaros, pero sí los doctos, los menos. Un cofre de marfil será la custodia del único ejemplar. De la pluma que ha producido obra tan eminente podemos esperar todavía una obra más alta.

Agregó con una sonrisa:

—Somos figuras de una fábula y es justo recordar que en las fábulas prima el número tres.

El poeta se atrevió a murmurar:

—Los tres dones del hechicero, las tríadas y la indudable Trinidad.

El Rey prosiguió:

—Como prenda de nuestra aprobación, toma esta máscara de oro.

—Doy gracias y he entendido —dijo el poeta. El aniversario volvió. Los centinelas del palacio advirtieron que el poeta no traía un manuscrito. No sin estupor el Rey lo miró; casi era otro. Algo, que no era el tiempo, había surcado y transformado sus rasgos. Los ojos parecían mirar muy lejos o haber quedado ciegos. El poeta le rogó que hablara unas palabras con él. Los esclavos despejaron la cámara.

—¿No has ejecutado la oda? —preguntó el Rey; —Sí —dijo tristemente el poeta—. Ojalá Cristo Nuestro Señor me lo hubiera prohibido.

—¿Puedes repetirla?.: —No me atrevo.

—Yo te doy el valor que te hace falta —declaró el Rey.

El poeta dijo el poema. Era una sola línea. Sin animarse a pronunciarla en voz alta, el poeta y su Rey la paladearon, como si fuera una plegaria secreta o una blasfemia. El Rey no estaba menos maravillado y menos maltrecho que el otro. Ambos se miraron, muy pálidos.

—En los años de mi juventud —dijo el Rey— navegué hacia el ocaso. En una isla vi lebreles de plata que daban muerte a jabalíes de oro. En otra nos alimentamos con la fragancia de las manzanas mágicas. En otra vi murallas de fuego. En la más lejana de todas un río abovedado y pendiente surcaba el cielo y por sus aguas iban peces y barcos. Éstas son maravillas, pero no se comparan con tu poema, que de algún modo las encierra. ¿Qué hechicería te lo dio?

—En el alba —dijo el poeta— me recordé diciendo unas palabras que al principio no comprendí. Esas palabras son un poema. Sentí que había cometido un pecado, quizá el que no perdona el Espíritu.

—El que ahora compartimos los dos —el Rey musitó—. El de haber conocido la Belleza, que es un don vedado a los hombres. Ahora nos toca expiarlo. Te di un espejo y una máscara de oro; he aquí el tercer regalo que será el último.

Le puso en la diestra una daga. Del poeta sabemos que se dio muerte al salir del palacio; del Rey, que es un mendigo que recorre los caminos de Irlanda, que fue su reino, y que no ha repetido nunca el poema.

Jorge Luis Borges



Cuervo, o la torre de papel

Por: Julio César Londoño

E

n 1882 los hermanos Cuervo, Angel y Rufino José vendieron la cervecería que habían montado en Bogotá unos años atrás, se instalaron en París en un apartamento cómodo pero con la austeridad de siempre, y de inmediato Rufino José reinició su trabajo del Diccionario, obra que había iniciado 10 años antes. Con sus manos grandes y dedos largos y nudosos llenaba, con letra menuda, miles de papeletas registrando acepciones, señalando grafías, rastreando etimologías y clasificando sintácticamente ejemplos de uso tomados de los clásicos castellanos, trabajabando hasta la medianoche, cuando por fin apagaba la lámpara. Se levantaba al amanecer, iba a pie hasta la iglesia de Saint-Germain-L'Auxerrois, frente a la fachada oriental del Louvre, escuchaba el oficio de maitines y volvía a sus fichas e infolios. Esta rutina sólo era rota algunos días en que se levantaba un poco más tarde, se vestía con más cuidado, y se perfumaba para visitar alguna biblioteca.

En 1886 publicó el primer tomo (A-B) del Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana y emprendió, sin tomar aire, la redacción del segundo, que le tomaría más tiempo que el primero. El esfuerzo lo estaba minando. Un daguerrotipo de 1891 –iba a cumplir apenas 47 años– lo muestra prematuramente envejecido: de mediana estatura, cargado de espaldas, la tez muy pálida, las primeras canas en la barba negrísima, la frente prolongada por la calvicie, los ojos grandes y expresivos enmarcados en dos ojeras árabes, la expresión serena y mística que no se aviene con el adusto entrecejo. El exceso de trabajo había acentuado su fragilidad congénita y acarreádole serios quebrantos de salud. Se fatigaba y resfriaba con facilidad, y sufría molestias en los ojos. Preocupado, Ángel lograba llevárselo durante cortas temporadas al mar o a la montaña... con la condición de que lo dejara llevar dos maletas llenas de papeles.

En 1893 publica el segundo tomo (C-D). Sorpresivamente, Ángel se acaba primero y muere de pulmonía en 1896. Rufino José lo llora amargamente pero continúa su trabajo. La emprende con la infinita E, escribe para las grandes revistas científicas y testa legando sus bienes a una institución de caridad y su biblioteca al municipio de Santafé de Bogotá. En 1903, disgustado por el reconocimiento de Francia al gobierno de la separatista República de Panamá, cuelga la Cruz de la Legión de Honor del cuello de su perro. En 1911 su salud empeoró. Pasó la mayor parte del primer semestre en la cama y sólo redactó seis monografías del Diccionario en este intervalo. El 17 de julio arregló personalmente su habitación, aprovechando una mejoría repentina, con cirios y flores, se arregló con más esmero que de costumbre, luego se recostó y expiró. Respetando su voluntad, fue enterrado sin discursos ni coronas en el cementerio de Père Lachaise. "Murió cuando apenas iba por la letra E, en París; lejos de Bogotá... y de la Z", escribe Fernando Vallejo, esa suerte de Truman Capote criollo.

EL DICCIONARIO EN EQUIPO

La ley 5ª de 1942 creó el Instituto Caro y Cuervo incluyendo entre sus objetivos prioritarios la culminación del Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana. Siguiendo las directrices trazadas por Cuervo en la introducción del primer tomo, aprovechando las 53 monografías de la E que alcanzó a desarrollar y los cerca de 40 mil ejemplos de uso que dejó compilados de los vocablos de las letras siguientes, hasta la L, un equipo de 40 investigadores colombianos dirigidos a través de los años por Felix Restrepo, José Manuel Rivas, Fernando Antonio Martínez, Rafael Torres, Ignacio Chávez y Edilberto Cruz, asesorados por los españoles Pedro Urbano, Joan Corominas y José-Álvaro Porto, y patrocinados por los gobiernos de España y Colombia, la Unión Panamericana, la OEA, la Organización de Estados Iberoamericanos y la Fundación Mario Santo Domingo, logró entregar en 1994, luego de 42 años de trabajo, los seis tomos restantes del Diccionario. El lector puede deducir del tamaño de esta minga, responsable de cerca de los 2/3 de la obra, la monstruosa capacidad de trabajo del hombre que hizo, completamente solo, el tercio inicial.

DESCRIPCION DE LA OBRA

En las 9.536 páginas de los ocho volúmenes sólo hay unos 3.000 vocablos (un diccionario corriente puede traer 60.000 entradas), en su mayoría verbos, que es la categoría más importante y "accidentada" de la morfología castellana. No se trata, pues, de un diccionario "completísimo". Es inútil buscar en él palabras como casa, durazno o palustre. Tampoco están teselación, fractal ni clonación. En cambio, la preposición de es estudiada a lo largo de 40 páginas en octavo, en fuente de 11 puntos, el verbo haber ocupa 17 páginas, ser 18 y estar 36. Así tiene que ser en un diccionario de régimen, palabra que ya los gramáticos no usan pero que se refiere a esa parte de la sintaxis que se ocupa de averiguar qué preposición pide un verbo (¿debemos decir dudar de o dudar que?), cómo cambia aquella el significado de éste (la expresión no se compadece de alude, obviamente, a un acto de impiedad; pero no se compadece con señala una incongruencia: "Sus calificaciones no se compadecen con su inteligencia"); o qué caso señala una preposición: es el régimen el que nos dice que el verbo aspirar pide la preposición a; que la preposición con sugiere el ablativo.

La construcción se refería a la arquitectura de toda la frase, a la manera como las palabras deben articularse en esa unidad lógica llamada oración. Se trata, pues, de un diccionario sintáctico.

Yo he hojeado con placer, y un principio de vértigo, sus 600.000 ejemplos de uso espigados en nueve siglos de prosa y verso castellanos; casi podría uno seguir la historia de la evolución semántica de cada uno de los vocablos allí recogidos; la monografía de escribir, demos por caso, está llena de sabrosas noticias:

Según dice Estrabón, De situ Orbis, primero escribieron los hombres en ceniza, después en hojas de laurel, después en planchas de plomo y después en pergamino y lo último vinieron a escribir en papel. Es también de saber que en las piedras escribían con hierro, en las hojas con pinceles, en la ceniza con los dedos, en las cortezas con cuchillos, en el pergamino con cañas, y en el papel con péñolas. La tinta con que escribieron los antiguos fue la primera de un pece que se llamaba jibia, después la hicieron de sumo zarzas, después de ollín de humo, después de bermellón, después de cardenillo y al fin la inventaron de grana, agallas, caparrosa y vino. (Antonio de Guevara, Epistolas familiares).

Los antiguos, cuando aún no se había inventado el papel, para escribir sobre cortezas de árboles o sobre tablillas bañadas de cera, se servían de un punzón de hierro que llamaban estilo. (Ignacio de Luzán, Poesías),

pero aún no me atrevo a decir para qué sirve ese "monumento a la lengua" como lo han llamado los críticos contemporáneos, ni soy capaz de dar una buena definición de él, ni estoy muy seguro de saber usarlo, ni ha contribuido a resolver mis titubeos sintácticos, y a veces me ha asaltado en la alta noche la idea sacrílega de que el Diccionario sea sólo el delirio de un genio que perdió el juicio en el curso de sus agotadoras jornadas de trabajo en un austero apartamento parisino; tal vez algún otro sabio tan terco como Cuervo dedique su vida a estudiar el Diccionario, y muera dejando inconclusa su evaluación y un equipo de 40 filólogos emplee 40 años en terminarla y publique al fin la monografía crítica definitiva.

No soy el único que está confundido. María Mercedes Carranza escribió en la revista Semana (febrero 8/99) que el Diccionario "absuelve dudas de toda índole en el manejo del idioma" –uno de los dislates más enternecedores en la historia de la crítica literaria de Occidente. El que llega al Diccionario con una duda, sale con tres. Nunca pasó por la mente de Cuervo la idea de hacer un manual normativo del uso de la lengua. "Jamás ha sido nuestro intento –escribió en el capítulo VII de El castellano en América– escribir un código inflexible, especie de Alcorán, con el cual hayan de juzgarse los escritos, discursos y conversaciones de las gentes". Haciendo un paralelo entre Caro y Cuervo, Fernando Martínez, el filólogo bugueño que dirigió una larga etapa del proceso de continuación del Diccionario, ha señalado con precisión que Caro era un legislador nato, un amante del orden gramatical que aspiraba a que las lenguas se rigieran con leyes inflexibles y lógicas; Cuervo, aunque no ajeno a la tentación totaliteraria, como lo demostró en su sonada polémica con Juan de Valera, era un notario desvelado que era feliz registrando el desorden y la exuberancia del castellano, y para quien "el uso era al fin y al cabo la fuente y el origen de toda discrepancia, lo mismo que de cualquier solución." (Fernando Martínez, Cuervo, págs. 95 y 96, Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, 1954).

Frente al Diccionario de construcción y régimen es inevitable sentirse ínfimo. García Márquez, un señor que tiene alguna idea del castellano y que es, como lo fue Cuervo, maniático de los diccionarios, ha dicho con la ambigüedad, la poesía y las hipérboles de su estilo, que se trata de "una novela de las palabras, o del diccionario menos imaginable del mundo por su fórmula y tamaño, por el siglo y cuarto de su ejecución, y por su inutilidad práctica". (Lecturas Dominicales, octubre 10/99. Quizá no esté de más anotar que entre artistas, y desde Wilde, el adjetivo inútil es casi elogioso).

El diccionario se ocupa de muchas cosas (sintáxis, etimología, prosodia, ortografía y morfología) y quizá aquí estriba, en su dispersión y prolijidad, la raíz de sus limitaciones. El exceso de frentes diluyó la fuerza que tenía el proyecto inicial, el de ser justamente un diccionario especializado en sintaxis, y el exceso de ejemplos hizo tan voluminosa la obra que volvió engorrosa la consulta. ¿Era necesario citar diez autores para demostrar que la preposición a tenía, entre otras acepciones, la de indicar el destino del viaje o el fin de un movimiento? Con todo el respeto de que los legos somos capaces creo que los ejemplos deben reservarse, sobre todo en obras que quieren maximizar el aprovechamiento del espacio hasta el punto de que vienen repletas de abreviaturas y signos, para dilucidar cuestiones espinosas, no para reconfirmar las obvias. El espacio así ahorrado habría podido aprovecharse para aumentar el número de entradas o para interclar comentarios gramaticales –ausentes, de sorpresiva manera, en una obra esencialmente gramatical.

Con los conocimientos de un polígrafo como él, había podido hacer un delicioso libro de comentarios etimológicos en lugar de esas notas estíticas que incluyó al final de las monografías. Digo libro etimológico y no diccionario porque me parece que sobre las obras exhaustivas pesa una maldición. Los críticos que pretenden comentar todas las obras de un autor, las enciclopedias que pretenden abarcar todos los escritores de la historia, los estudios, en fin, que pretenden analizar todos los ángulos de algún asunto son fatalmente jartos. El investigador exhaustivo contrae un cansancio y un hastío que terminan reflejados en la obra. La caricatura es siempre un buen retrato, y los mejores cuadros son bocetos, y los mejores ensayos son siempre parciales, cosa que sabían perfectamente Borges y Schwob.

A Cuervo lo perdió la ambición. O algún complejo cuyo origen los investigadores del futuro seguramente exhumarán. Dudando de la calidad de su trabajo, creyó que tenía que hacer una obra signada por la cantidad. Debió haber dirigido el proyecto. Sentarse él mismo a hacer esa labor dispendiosa y que no requería una gran inteligencia –reunir decenas de miles de ejemplos de uso– es el derroche de tiempo y de genio más lamentable que registra la historia intelectual de Colombia. En lugar de estar incurriendo en la poesía, su amigo Miguel Antonio Caro, el presidente gramático, debió haberle puesto un ejército de secretarios y unos cuantos filólogos que se encargaran de las minucias y le dejaran la cabeza y el tiempo libres para empresas dignas de su talento... aunque ¿tenía talento Cuervo, o sólo paciencia y laboriosidad?

Leyendo el prólogo del Diccionario, sus notas a la Gramática de Bello y Las apuntaciones críticas al lenguaje bogotano echa uno de menos la presencia de un pasaje siquiera de alto vuelo, una reflexión general sobre el lenguaje o el castellano, un respiro poético en medio de tanto ablativo y acusativo, de tanta cita y tanto rigor, pero nada; ni siquiera en El castellano en América, que es prosa corrida y no texto gramatical, abandona Cuervo su tono profesoral, sus minucias gramaticales, su exceso de ejemplos ni la lupa filológica. Quizá nunca fue una persona especialmente sensible sino estudiosa, un incansable compilador. "Notario de la lengua, antes que juez", como a él mismo le gustaba llamarse. Sí, notario, no ensayista ni filósofo ni poeta; sólo un desvelado guardián de las palabras y un amante rendido del castellano.


lunes, 1 de diciembre de 2008

Teorías y consejos para cuentistas ilusionados



Teorías y consejos para cuentistas ilusionados

Texto tomado de la revista El malpensante


A propósito de los cuentos, decidimos acompañar el tema con un breve paseo por las teorías y consejos que sobre el género han formulado sus propios practicantes. Sobra decir que las reglas artísticas son para dominarlas y luego, de ser necesario, descartarlas.

"No debería haber una sola palabra en toda la composición cuya tendencia, directa o indirecta, no se aplicara al designio preestablecido". Edgar Allan Poe, "Hawthorne y la teoría del efecto en el cuento".

"Al planear un cuento uno tiende a pensar primero sobre su marco: de una multitud de protagonistas y personajes secundarios uno elige sólo a una persona --esposo o esposa-- lo pone sobre el lienzo y lo pinta solo, haciéndolo sobresalir, mientras distribuye a los otros sobre el lienzo como centavitos sueltos, y el resultado es algo así como el firmamento: una gran luna rodeada de muchas estrellas pequeñas". Chejov, "Cartas sobre el cuento".

"No debes dar al lector ninguna oportunidad de recuperarse: tienes que mantenerlo siempre en suspenso... Las obras largas y detalladas tienen sus propios fines particulares, que por supuesto requieren de la ejecución más cuidadosa... Pero en los cuentos es mejor no decir suficiente que decir demasiado, porque... porque... No sé por qué". Chejov, "Cartas sobre el cuento".

"La teoría del iceberg de Hemingway es la primera síntesis de ese proceso de transformación: lo más importante nunca se cuenta. La historia secreta se construye con lo no dicho, con el sobreentendido y la alusión". Ricardo Piglia, "Tesis sobre el cuento".

"El desenlace en la narrativa, el efecto buscado en todas las demás composiciones, debería haber sido considerado y arreglado de manera definitiva antes de escribir la primera palabra; y ni una palabra debería entonces escribirse que no tendiera --o formara parte de una oración tendiente-- hacia el desarrollo del desenlace o al fortalecimiento del efecto". Edgar Allan Poe, "Sobre la trama, el desenlace y el efecto".

"Esa técnica no implica, como se piensa con frecuencia, el final sorprendente. Lo fundamental en ella es mantener vivo el interés del lector y por tanto sostener sin caídas la tensión, la fuerza interior con que el suceso va produciéndose. El final sorprendente no es una condición imprescindible en el buen cuento... Un final sorprendente impuesto a la fuerza destruye otras buenas condiciones en un cuento. Ahora bien, el cuento debe tener su final natural, como debe tener su principio". Juan Bosch, "Apuntes sobre el arte de escribir cuentos".

"Los detalles son también la clave. Dios nos libre de los lugares comunes. Primero que nada, evita describir el estado interior del héroe; tienes que tratar de que se aclare a partir de sus acciones... El centro de gravedad debe estar en dos personas: él y ella". Chejov, "Cartas sobre el cuento"

"Para describir una banda de cuatreros en 700 líneas yo tengo que pensar y hablar todo el tiempo como ellos, sentir con sus sentimientos; de otro modo, si permito que se introduzca mi subjetividad, la imagen se desdibujará y el cuento no será ya tan compacto como todo cuento debe ser". Chejov, "Cartas sobre el cuento".

"El comienzo de mis cuentos es siempre tan prometedor y parece como si fuera el comienzo de una novela, la mitad es apretujada y tímida, y el final es como un esbozo breve, como fuegos artificiales". Chejov, "Cartas...".

"No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo". Horacio Quiroga, "Decálogo del perfecto cuentista".

"El consejo es sano pero no infalible, hay estilos que descansan en gran parte sobre los adjetivos. El adjetivo imprevisto y contradictorio de Borges; el adjetivo casi siempre más fuerte que el sustantivo de la obra de Mallea; el adjetivo humilde y exacto de Maupassant y el que ayuda en Poe a la obra del terror". Sylvina Bullrich, "Refutación del 'Decálogo del perfecto cuentista' ".

"El escritor no necesita de juegos ni de trucos para hacer sentir cosas a sus lectores. Aun a riesgo de parecer trivial, el escritor debe evitar el bostezo, el espanto de sus lectores". Raymond Carver, "Escribir un cuento".

"Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden ver o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios". Horacio Quiroga, "El decálogo del perfecto cuentista".

"Un escritor argentino, muy amigo del boxeo, me decía que en ese combate que se entabla entre un texto apasionante y su lector, la novela gana por puntos, mientras que el cuento debe ganar por knockout. Es cierto, en la medida en que la novela acumula progresivamente sus efectos en el lector, mientras que un buen cuento es incisivo, mordiente, sin cuartel desde las primeras frases". Julio Cortázar, "Algunos aspectos del cuento".

"La novela es como un veneno lento y , el cuento como un navajazo". Marina Mayoral.

"La novela se desarrolla en el papel, y por lo tanto en el tiempo de lectura, sin otros límites que el agotamiento de la materia novelada; por su lado, el cuento parte de la noción de límite, y en primer término de límite físico". Julio, Cortázar, "Algunos aspectos del cuento".

"Un cuento es una acción dramática completa, y en los buenos cuentos los personajes se muestran por medio de la acción, y la acción es controlada por medio de los personajes. Y como consecuencia de toda la experiencia presentada al lector se deriva el significado de la historia... En la escritura de ficción, salvo en muy contadas ocasiones, el trabajo no consiste en decir cosas, sino en mostrarlas. Un buen cuento no puede ser reducido, sólo puede ser expandido. Un cuento es bueno cuando ustedes pueden seguir viendo más y más cosas en él, y cuando, pese a todo, sigue escapándose de uno". Flannery O´Connor, "arte del cuento".


Nota: Información tomada por NTC… de Elmalpensante