jueves, 20 de noviembre de 2008

SELECCION DE CUENTOS BREVISIMOS



PELIGROS DEL EXCESO DE PIEDAD


Un día que Abu Nonas visitaba a un amigo, el techo empezó a crujir.

—¿Qué es eso? –preguntó.

—No temas, es el techo alabando al Señor.

En cuanto oyó estas palabras Abu Nonas salió de la casa.

—¿A dónde vas? –le preguntó el amigo.

—Temo que aumente su devoción –contestó Abu Nonas– y que se prosterne conmigo adentro. (Nozhat el Djallas).


EL GESTO DE LA MUERTE

Un joven jardinero persa dice a su prícipe:

—¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, quisiera estar en Ispahan.

El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte y le pregunta: ¿Por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza?

—No fue un gesto de amenaza –le responde– sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahan esta mañana y debo tomarlo esta noche en Ispahan. (Jean Coteau, Le gran écart).


MAY GOULDING

La madre de Stephen, extenuada, rígidamente surge del suelo, leprosa y turbia, con una corona de marchitos azahares y un desgarrado velo de novia, la cara gastada y sin nariz, verde de moho sepulcral. El pelo es lacio, ralo. Fija en Stephen las huecas orbitas anilladas de azul y abre la boca desdentada, diciendo una silenciosa palabra. (James Joyce, Ulysses).


LA SOMBRA DE LAS JUGADAS

En uno de los cuentos que integran la serie de los Mabinogion, dos reyes enemigos juegan al ajedrez, mientras en un valle cercano sus ejércitos y se destrozan. Llegan mensajeros con noticias de la batalla; los reyes no parecen oírlos e, inclinados sobre el tablero de plata, mueven las piezas de oro. Gradualmente se aclara que las vicisitudes del combate siguen las vicisitudes del juego. Hacia el atardecer, uno de los reyes derriba el tablero porque le han dado jaque mate y poco después un jinete lo anuncia: tu ejército huye, has perdido el reino. (Edwin Morgan, The Week-End Companion to Wales and Cornwall).


EL RITO

En el templo irrumpen leopardos y se beben el vino de los cálices; esto acontece repetidamente; al cabo se prevé que acontecerá y se incorpora a la ceremonia del templo. (Franz Kafka, Reflexiones sobre el pecado, el dolor, la esperanza y el verdadero camino).

DESOLACION


La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de las apariciones. (Juan José Arreola).


DER TRAUM EIN LEBEN

El diálogo ocurrió en Adrogué. Mi sobrino Miguel, que tendría cinco o seis años, estaba sentado en el suelo, jugando con la gata. Como todas las mañanas, le pregunté: ¿Qué soñaste anoche? Me contestó: "Soñé que me había perdido en un bosque y que al fin encontré una casita de madera. Se abrió la puerta y saliste vos". Con súbita curiosidad me preguntó: "¿Decíme, qué estabas haciendo en esa casita?" (Francisco Acevedo, Memorias de un bibliotecario).


DE LA MODERACION EN LOS MILAGROS


Bertrand Russell recordaba siempre la anécdota de Anatole France en Lourdes; al ver en la gruta amontonadas muletas y anteojos, France preguntó: "¿Cómo? ¿Y no hay piernas artificiales?" (John Wisdom, Multum et parva).


EL MILAGRO

Un yogui quería atravesar un río, y no tenía el penique para pagar la balsa y cruzó el río caminando sobre las aguas. Otro yogui, a quien le contaron el caso, dijo que el milagro no valía más que el penique de la balsa. (W. Somerset Maugham, A writer's notebook).

Un milagro menor

Hace años un gato comenzó a hablar en Cali, tanto que mereció el deshonor de la prensa amarilla. Pero no dijo nada que valiera la pena y fue rápidamente olvidado. (Eduardo Escobar).


DOS COETERNOS

Según es fama, Dios Padre no es anterior a Dios Hijo. Creado el Hijo, el padre le preguntó: "¿Sabes cómo hice para crearte?" Contestó el Hijo: "Imitándome, si mal no recuerdo". (Johannes Cambrencis, Animadversiones).


DE ENTRADA POR SALIDA

Se disponía a decir: "Vengo de parte de fulano", pero vio una cara tan de pocos amigos, que se volvió a poner el sombrero y dijo dando la espalda: "Me voy de parte de fulano". (Joules Renard, Journal).


LA SALVACION

Esta es una historia de tiempos y de reinos pretéritos. El escultor paseaba con el tirano por los jardines del Palacio. Más allá del laberinto para los extranjeros ilustres, en el extremo de la alameda de los filósofos decapitados, el escultor presentó su última obra: una náyade que era una fuente. Mientras abundaba en explicaciones técnicas y disfrutaba de la embriaguez del triunfo, el artista advirtió en el hermoso rostro de su protector una sombra amenazadora. Comprendió la causa. "¿Cómo un ser tan ínfimo –sin duda estaba pensando el tirano– es capaz de lo que yo, pastor de pueblos, soy incapaz?". Entonces un pájaro que bebía en la fuente huyó alborozado por el aire y el escultor discurrió la idea que lo salvaría. "Por humildes que sean –dijo indicando al pájaro– hay que reconocer que vuelan mejor que nosotros". (Adolfo Bioy Casares).


LA SANGRE EN EL JARDÍN

El crimen aquel hubiera quedado envuelto en el misterio para siempre si no hubiera sido por la fuente central del jardín, que comenzó a echar agua muerta y sanguinolen­ta.

La correspondencia entre el disimulado crimen del palacio y la veta de agua rojiza sobre la piedra repodri­da de verdosidades, dio la clave de todo lo sucedido. (Ramón Gómez de la Serna).


MIL NOVECIENTOS OCHENTITRES

En un restaurante del centro, Haydée Lange y yo conversábamos. La mesa estaba puesta y quedaban trozos de pan y quizá dos copas; es verosímil suponer que habíamos comido juntos. Disctutíamos, creo, un film de King Vidor. En las copas quedaría un poco de vino. Sentí, con un principio de tedio, que yo repetía cosas ya dichas y que ella lo sabía y me contestaba de manera mecánica. De pronto recordé que Haidée Lange había muerto hace mucho tiempo. Era un fantasma y no lo sabía. No sentí miedo; sentí que era imposible y quizá descortés revelarle que era un fantasma, un hermoso fantasma.

El sueño se ramificó en otro sueño antes de que yo me despertara. (Jorge Luis Borges).


LA MINUCIOSA ARENA

A unos trescientos o cuatrocientos metros de la pirámide me incliné, tomé un puñado de arena, lo dejé caer silenciosamente un poco más lejos y dije en voz baja: Estoy modificando el Sahara. El hecho era mínimo, pero las no ingeniosas palabras eran exactas y pensé que había sido necesaria toda mi vida para que yo pudiera decirlas. La memoria de aquel momento es una de las más significativas de mi estadía en Egipto. (Jorge Luis Borges, Atlas).


DEFINICION DE FANTASMA

¿Qué es un fantasma? Preguntó Stephen. Un hombre que se ha desvanecido hasta ser impalpable por muerte, por ausencia, por cambio de costumbres. (James Joyce)


EL NEGADOR DE MILAGROS

Chu Fu Tze, negador de milagros, había muerto; lo velaba su yerno. Al amanecer, el ataúd de elevó y quedó suspendido en el aire, a dos cuartas del suelo. El piadoso yerno se horrorizó. "Oh venerado suegro –suplicó– no destruyas mi fe de que son imposibles los milagros". El ataúd, entonces, descendió lentamente, y el yerno recupeó la fe. (Citado por H. Giles en Confucianism and its rivals, Lecture VIII, 1915)


LA BILIOTECA DE ALEJANDRIA

En el siglo VII un hombre montado en un camello y acurrucado entre dos sacos, uno de higos y otro de trigo, entró en Alejandría. Estos dos sacos, y por añadi­dura un plato de madera, constituían todas sus riquezas. Este hombre sólo se sentaba en el suelo, y no se alimen­taba más que de pan y de agua. Había conquistado la mitad del Asia y del Africa. Había asaltado o quemado treinta y seis mil ciudades, aldeas, fortalezas y castillos. Había destruido cuatro mil templos paganos o cristianos. Había edificado mil cuatrocientas mezquitas. Había vencido a Izdeger, Rey de Persia, y a Heraclio, empera­dor de Oriente. Este hombre se llamaba Omar y quemó la Biblioteca de Alejandría. (Victor Hugo, William Shakespeare).

UN SUJETO EXTRAÑO

¿Sabes –le confió el Demonio– que ni siquiera los mejores matemáticos de otros planetas, todos más avanzados que el de ustedes, han podido resolver ese problema. Mira, hay un tipo en Saturno, parecido a un hongo con zancos, que resuelve mentalmente ecuaciones diferenciales, e incluso él se ha dado por vencido. (Arthur Poges, El Demonio y Simon Flagg).


UN ALMA COLADA


Un día que el conde de Villamediana, entraba a una iglesia de Madrid, vio a un prelado que imploraba en la puerta limosnas para la salvación de las almas del purgatorio. (Se trataba, pues, de las cínicas indulgencias, chispa de las guerras religiosas de la Reforma. Su venta había arreciado ahora que León X quería agilizar la construcción de la Basílica de San Pedro).

El conde se detuvo, extrajo de su bolsa un doblón de oro y lo depositó en la bandeja del prelado, que abrió los ojos presa de santa emoción.

—¿Está seguro –le preguntó el conde– que mi óbolo puede salvar un alma de los tormentos del Purgatorio?

—Absolutamente, señor, respondió el prelado.

—Y el efecto, ¿es inmediato?

—Instantáneo, tanto más si se trata de almas cuyas faltas no sean abominables –aseguró el hombre.

—O sea que a esta hora ya un alma de leve carga debe haber salido del purgatorio, dijo el conde.

—Gracias a vuestra generosa piedad –completó el prelado.

Entonces Villamediana recogió su doblón y se lo guardó diciendo:

—Tonta será si vuelve a entrar.

UNA SENTENCIA FAMOSA

Hay un novellino o cuento breve, de autor anónimo, quizá florentino, que versa sobre una célebre sentencia proferida en Andalucía en el siglo XIII. Es la historia de un cristiano muy pobre que se acercó a un ventorrillo de feria donde se expendían frituras, guisos, encurtidos, frutas deshidratadas y toda clase de exquisiteces callejeras. Después de pasear sus ojos de perro hambriento por las mesas atestadas de viandas, el cristiano suspiró, sacó un pan de su mochila, lo puso entre el humo que brotaba de un caldero, y mordió con ansiedad la tibia hogaza.

No había el buen hombre tragado el bocado cuando el dueño del puesto, un sarraceno llamado Jalil, agarró al cristiano por el cuello y le exigió el pago del precioso vapor.

—Paga, bellaco, estás robando mi trabajo.

—¿Por qué voy a pagar? –dijo el cristiano– ¡Sólo he tomado el humo de tu caldero!

Jalil no era un mal hombre, pero no había vendido nada ese día y quizá creyó de mal agüero que el primer "cliente" fuese justamente un cristiano sutil.

El caso es que se fueron a las manos. Al alboroto acudió el Soldán del lugar, quien separó a los hombres y escuchó sus razones.

—Este hombre ha tomado la sustancia última de mi caldero, y debe pagar –dijo el sarraceno.

—El vapor es sombra volátil de la sustancia –alegó el cristiano–, no se puede retener, va al aire y el aire pertenece a todos.

Conocido por su prudencia, el Soldán se tomó algunos minutos para reflexionar, actividad que no le impidió discurrir por entre las ventas tomando aquí un pernil dorado y allá una berenjena oscura.

—Me parece que ambos tienen razón –dijo al fin–. Y si los guisos, que son reales, se pagan con dinero real, el humo, consecuencia etérea del guiso, debe pagarse con algún producto etéreo del dinero.

Y diciendo y haciendo sacó su bolsa, la hizo sonar y dijo:

—Págate con el tintineo de mis monedas, Jalil.

Y así fue observado§






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