jueves, 9 de octubre de 2008

Las maestras. Julio César Londoño


Julio César Londoño

INFLUENCIA DEL COMADREO EN LA

CONFIGURACIÓN DE LA ESTRUCTURA NOTICIOSA

PUNTO–CADENETA–LIED

J CL

E

ran aproximadamente las cuatro de la tarde, hora reservada para flagelarme con la lectura de los clásicos, cuando se escucharon golpes urgentes en la puerta. Era una vecina, famosa por su lengua, que entró gritando:

—¡Se murió don Cristóbal!

Esta frase suspendió automáticamente todas las actividades de la casa –mi lectura incluida– y disparó la estampida de las mujeres, quienes corrieron a abrirle haciéndole mil preguntas que ella contestó con frases precisas. "Esta mañana". "A las diez". "En la casa de la moza". "Tomándose un tinto". "Infarto fulminante". Luego vino el desarrollo del grito, fase que nuestra vecina emprendió con una evocación obligada. "El venía enfermo desde el año pasado. Como en agosto tuvo un preinfarto. Fue en el matrimonio de Ruperto. Cuando estaban cenando le dijo a Teresa: Mija, me duele aquí. (La vecina ilustra la frase, me parece verla, poniéndose la mano derecha sobre la teta izquierda. Digo que me parece verla porque yo no había salido todavía a la sala. Estaba escuchándola desde mi cama con el libro abierto sobre el pecho). ¡Ella no le hizo caso porque como los hombres son tan flojos! Pero esa noche se puso malo y tuvieron que correr con él para la clínica".

Mi mamá suspiró: Qué pesar de don Cristóbal. "¡Un caballero!", agregó mi hermana. La vecina volvió a la carga.

"El médico le prohibió el trago y el cigarrillo. Cómo va a ser malo el cigarrillo, dizque decía, miren a Montaño, el mejor arquero de Colombia y no le puede faltar su vareto. ¡Ahora uno, que no fuma sino tabaco! El trago sí lo dejó un tiempo, mientras le pasaba el susto, pero luego se puso al día".

–Era muy alegre –dijo mi hermana.

–Un alcohólico –corrigió mi tía.

Mi madre calló. Seguro estaba pasando por su memoria la imagen de nuestro vecino de tantos años, y algo muy adentro le estaba oprimiendo el corazón.

–Qué será de esos muchachos ahora –se lamentó–. ¡Pobre Teresa!

–Era tomatrago y todo lo que se quiera –ripostó mi hermana, que nunca dejaba una pelea iniciada, conce­diéndo tácitamente que el finado era un mujeriego redomado– pero nunca les faltó nada en la casa.

–La plata no es todo –mi tía no daba el brazo a torcer–. Una familia necesita afecto. Atención. Orientación. Y ejemplo. ¡E–jem–plo! Una familia no es una manada de marranos a la que baste arrojarle comida.

La vecina intuyó que era hora de cambiar de tercio. Quizá le molestaba que no la dejaran hablar a ella, la dueña de la primicia. O simplemente consideró que ya estaba bien de digresiones y decidió volver a la tensión del presente, como el reportero que sabe cuando está concluido el perfil del personaje y vuelve a los hechos.

"Anoche no quiso comer. (La frase funciona. El auditorio guarda silencio). Estaba muy decaído últimamente. Desde lo de Margarita. Eso fue lo que lo mató. El nunca pudo aceptar que le hubieran preñado su muchachita. Desde ese día comenzó a derrumbarse el viejo".

(El libro seguía sobre mi pecho pero ahora estaba cerrado con un dedo prensado entre sus hojas a manera de marcapáginas. Mi cuerpo permanecía en el cuarto pero las orejas ya habían ganado el corredor y buscaban, presurosas, la sala).

"Ayer por la mañana le dijo a Teresa que se arreglara para que fueran a la notaría. Ella me dice que sintió una cosa horrible, como si le hubieran dicho quién sabe qué, porque como él nunca le comentaba sus negocios, y se quedó mirándolo sin acertar a preguntar nada ni a arreglarse ni nada. Era para hacerle el traspaso de las escrituras de la finca y de la casa y del carro. De todo. Ya va a volver con sus bobadas, le dijo ella sobreponiéndose, porque él venía insistiéndole que hicieran esas diligencias. Es mejor andar adelante que atrás, le dijo él, yo soy más viejo que usted..."

–El corazón le avisaba –dijo mi mamá.

"Ella se fue a arreglar pero se demoró mucho en el baño porque no quería que él le viera los ojos enrojecidos. Cuando salió, don Cristóbal ya no estaba. Se había ido con unos señores que vinieron a buscarlo para ir a ver un ganado. Ahora y verá el lío de la sucesión. Con lo 'perro' que era debe haber más de un hijo natural por ahí".

–Hace quince días pasó por aquí –recordó mi hermana mirando el suelo–. Yo estaba en la puerta esperando que pasara el carro de la basura para entrar el tarro, porque como ya ni eso se puede dejar en la calle. Lo noté muy serio; él, que era tan alegre. Estaba muy desmejorado. Me preguntó por todos y me dijo Adiós, mija. Me extrañó, porque el siempre me decía doña Yolanda.

* * *

Cualquiera puede advertir, en lo que antecede, la acertada disposición estructural del relato. Allí están, en su justo lugar, el título, "¡Se murió don Cristobal!", el lead –que es el párrafo breve que abre el texto con una síntesis precisa del suceso–, la retrospec­ción –que es un salto atrás en el tiempo de la narración para ilustrar al lector sobre algunos antecedentes que ayudan a la mejor compren­sión de la noticia–, la prospección –o salto adelante para retomar el hilo del encabezado– y la conclusión o cierre de la noticia. Y por supuesto que no fue en una escuela de periodismo donde mi vecina aprendió estas cosas. De alguna manera ellas saben desde siempre cuál es el orden y la manera más eficaz de contar una historia. Cada que una señora cuenta una historia, inventa la técnica pertinente. Y es de ellas, autoras inéditas de la preceptiva de la narración oral, de donde el periodismo y la narrativa han tomado sus mejores recursos. Y digo de ellas porque no tengo ninguna duda de que las mujeres son mejores narradoras que los hombres. Los hombres somos, al narrar, ordena­dos, fríos y parciales (en el sentido de que nos concretamos a contar un sólo aspecto del suceso. Somos, "para decir de una vez palabras fatales, clásicos en suma"). Las mujeres son desordenadas, emotivas, románticas y totales (en el sentido de que les interesan todos los ángulos del suceso. Son, pues, cubistas, parlan­chinas, no lineales; regias, en síntesis). Un hombre se hace un lío al momento de hablar, demos por caso, de la belleza de otro hombre. Dice "apuesto", "buen mozo" o "bien pareci­do", con un tono bronco que no deje lugar a dudas sobre su virilidad. Una mujer, en cambio, se solaza diciéndonos que la novia estaba bellísima, describirá con fruición la boca, los dientes, los ojos, la piel, la moña, el azahar, el velo, los zapatos, la iglesia y los pajecitos, antes de llegar al vestido propiamente dicho, cuya descrip­ción puede tomar casi tanto tiempo como la confección. Un hombre dirá: Está buena la novia.

Nadie puede negar que los hombres son los maestros del arte de escribir pero esto sólo se debe a que ellas se mantienen muy ocupadas hablando. Y enseñando. De ellas hemos aprendido todo, desde las primeras letras hasta los más sofisticados recursos literarios, pasando por los cambios de narrador o de tiempos verbales, la búsqueda del vocablo preciso, la ubicación de los énfasis, el momento de las digresiones, la selección del color, etc. Sí, todo viene de ellas, las maestras orales, las mujeres.





Discover the new Windows Vista Learn more!

No hay comentarios:

Publicar un comentario