jueves, 30 de octubre de 2008

Cinco fragmentos de de Paul Valery

El verdadero pecado original

¿No estará en la excitación de ser único la raíz, en el ser, de ese grandísimo "pecado", el pecado metafísico por excelencia, aquél al que los teólogos han dado el hermoso nombre de orgullo? Y si llevamos más allá esta reflexión, si la llevamos un poco más lejos por el camino de los sentimientos más simples, seguramente en el fondo del orgullo no encontraremos más que el miedo a la muerte pues no conocemos la muerte más que por los otros que mueren, y, si realmente somos sus semejantes, también moriremos. Así, pues, este horror a la muerte desarrolla desde sus tinieblas una especie de voluntad vesánica de ser no semejante, de ser la independencia misma y lo singular por excelencia, es decir, de ser un dios. Rechazar ser semejante, rechazar tener semejantes, rechazar serlo de quienes aparente y razonablemente son nuestros semejantes, es rechazar ser mortal, y querer ciegamente no formar parte de la misma esencia que aquellas personas que pasan y mueren una tras otra a nuestro alrededor. El silogismo que lleva a Sócrates a la muerte más ciertamente que la cicuta, la premisa que forma su mayor y la deducción que lo concluye, ponen de manifiesto una defensa y una rebelión oscura cuyo efecto, muy fácil de deducir, es el culto de sí mismo.[1] ("Stendhal", Gallimard, París, 1957. Para la versión castellana, Estudios literarios, Visor, Madrid, 1995, pág. 140).

De cómo vivir a pesar del talento

La historia de las letras es también la historia de los medios de subsistencia de los que han practicado el arte de escribir "a través de las edades". En ella se encuentran todas las soluciones posibles al problema de vivir a pesar del talento que se tenga: el halago, la adulación a los grandes, a los ricos, o al pueblo; la mendicidad; la estafa; el robo a mano armada, con escalo, con fractura, con asesinato o con cualquiera de las calificaciones del Código; la explotación de las mujeres; la extorsión; innumerables empleos a los que se roba tiempo para pensar y escribir. Y, finalmente, el comercio con lo que se escribe, que hablando en términos de literatura es el peor de todos los sistemas. Es inútil hablar de los escritores con fortuna pues, por definición, no son tales más que gracias a alguna desigualdad del orden económico.

En suma, Homero mendigaba; Virgilio y Horacio adulaban; Villon atracaba; el Aretino se las sabía todas... Bajo Luis XIV se buscaban pensiones. ¡Cuántos parásitos bajo Luis XV! Balzac se arruina en hábiles bancarrotas. Lamartine pide. Verlaine vive de trampas y limosnas. Muchísimos trabajan en oficinas. Copistas, redactores, o sea, subordinados, en Defensa, Justicia, en Asuntos Religiosos, en el Ayuntamiento, en muchísimos despachos hay un autor; a veces un autor célebre, de quien se enorgullece toda la administración. Huysmans daba lustre a la policía. Mallarmé para ganarse la vida trabajaba como profesor de inglés.

Del prontuario precedente se deduce que las obras más admirables de las letras han podido ser creadas merced a la inexactitud, e incluso la injusticia, si no ha sido la iniquidad, de los sistemas sociales de las distintas épocas ("A modo de prólogo", versión citada, pág. 252).

El discreto encanto del crimen

Tanto Verlaine como Villon nos hacen confesar que las desviaciones de la conducta, la lucha con una vida áspera e insegura, el estar en precario, las estancias en las cárceles y en los hospitales, el alcoholismo habitual, la frecuentación de los bajos fondos, el crimen incluso, no son del todo incompatibles con las delicadezas más exquisitas de la producción poética. Si fuera a filosofar sobre este aspecto, tendría que dejar bien claro que el poeta no es un ser especialmente social. En la medida en que es poeta, no es encasillable en ninguna organización utilitaria. El respeto a las leyes civiles expira en el umbral del antro en que se forman sus versos. Los más grandes, Shakespeare o Hugo, han preferido imaginar y dotar de vida a seres irregulares, rebeldes a toda autoridad, amantes adúlteros y los han convertido en héroes y en personajes simpáticos. Se sienten mucho menos a gusto cuando intentan exaltar la virtud: los virtuosos, ¡ay!, no son buenos asuntos literarios. El desprecio al burgués, instituido por los románticos, y que no dejó de tener secuelas políticas, viene a ser en definitiva el desprecio a la vida ordenada.

El poeta es portador, pues, de una cierta mala conciencia. Pero el instinto de moralidad siempre está agazapado en algún sitio. Entre los bribones de peor laya, en los medios más perversos, siempre acaba por aparecer la norma y se instituyen las leyes de la jungla. El código de los poetas no tiene más que un artículo, que será mi última palabra:

Bajo pena de muerte poética, dice nuestra ley, tened talento, e incluso... un poco más. ("Villon y Verlaine", versión citada, pág. 25).

El licenciado Villon

Villon, que antes se llamó François de Montcorbier, nació en París en 1431. Su madre, demasiado pobre como para poder educarlo, lo entregó al cuidado de un docto sacerdote, Guillaume de Villon, que pertenecía a la comunidad de Saint-Benoît-le-Betourné, donde vivía. Allí creció y recibió la instrucción elemental François Villon. Parece que su padre adoptivo se mostró siempre indulgente con él, incluso cariñoso. A la edad de dieciocho años, el joven recibió el título de bachiller, y a los veintiún años, en el verano de 1452, la licenciatura. ¿Qué podía saber? Sin duda, lo que se podía aprender después de seguir, mejor o peor, los cursos de la Facultad de artes: gramática (latina), lógica formal, retórica (una y otra aristotélicas, en lo que de Aristóteles se sabía e interpretaba entonces); además, un poco de matafísica y unas nociones morales, físicas y naturales en el nivel de conocimientos que se tenía en la época.

Pero la voz licencia tiene una doble acepción. Nada más recibir su título, Villon empieza a llevar una vida cada vez más libre y, muy pronto, peligrosa. El ambiente de los clérigos era una extraña mezcolanza. La condición de clérigo era muy apetecida por quienes podían imaginarse a sí mismos, antes o después, rindiendo cuentas ante la justicia. El hecho de ser clérigo daba derecho la posibilidad de reclamar un juicio eclesiástico y escapar, así, a la jurisdicción ordinaria, que tenía una mano mucho más dura. Muchos clérigos eran gentes de costumbres detestables y había muchos siniestros caballeros mezclados con la gente de iglesia; muchos, también, se hacían pasar por frailes; no era extraño que en las cárceles se dieran clases particulares de latín con objeto de que pudiera el alumno fingirse eclesiástico y así, poder cambiar de juez.

En este mundo abellacado, Villon hizo amistades de la peor especie. No debían de carecer de encanto las damas de este ambiente que, como cabía esperar, desempeñaron un papel importante en el pensamiento y en las aventuras del poeta. Seguro que ninguna de ellas pudo imaginar que aquel muchacho les iba a dar su porción de inmortalidad: ni Blanche la Savetière [la zapatera], ni la gorda Margot, ni la bella Heaulmière [la armera, la mujer del fabricante de yelmos], ni Jeahanneton la Chaperonière [la mujer del fabricante de capuchas], ni Katherine la Bourcière [la bolsera]. Obsérvese que los apodos hacen todos referencias a corporaciones... como si todos los diferentes oficios hubieran sacrificado sus mujeres a la diosa, y el artesanado de la edad media implicase irremisiblemente el infortunio conyugal. (Versión citada, pág. 18).

La oración del réprobo

La vida de François Villon es, como su obra, bastante tenebrosa, en toda la extensión del término. En una y otra, y en el personaje mismo, hay grandes oscuridades.

Poco nos aclara sobre su verdadera naturaleza cuanto sabemos de él, pues todo, o casi todo, procede de sus versos o de la justicia; dos fuentes que concuerdan bastante en los hechos y a partir de cuya consideración conjunta cabe concebir un hombre de muy mala condición, vengativo, capaz de las peores fechorías, pero que también puede sorprendernos con un tono piadoso o tierno como el que aparece en la célebre y admirable obra en que pone una oración en boca de su madre, esa pobre mujer que un día de 1435 puso a aquel hijo destinado al mal, a la gloria, a las cadenas y a la poesía, a aquel François de Montcorbier, en manos del Maestro Guillaume de Villon, capellán de la capilla de Saint-Jean, en la iglesia de Saint-Benoît-le-Bétourné.

Les recordamos La balada, una de las joyas de la poesía francesa:

Femme je suis povrette et ancienne,

Ne rien ne sçay; oncques letre ne leuz,

Au moustier voy dont je suis paroissienne

Paradis paint où sont harpes et luz...

(Mujer soy pobrecilla y anciana, / que nada sé; jamás leí una letra, / en el monasterio en el que soy parroquiana veo / el paraíso pintado en que hay arpas y laúdes...)

Pese a algunos términos ligeramente distintos, esta es ya nuestra lengua; aunque pronto hará quinientos años que se escribieron estos versos, aún podemos gozar con ellos y emocionarnos. También podemos maravillarnos con el arte que ha producido esta obra maestra de forma perfecta, esta construcción estrófica, a un tiempo serena y musicalmente perfecta, en la que una sintaxis claramente diversificada y una plenitud absolutamente natural en la sucesión de las figuras casa con gracia su requerimiento de diez sílabas de cuatro rimas. (Versión citada, pág. 15)


[1] El texto hace referencia al conocido silogismo: Todos los hombres son mortales. Sócrates es un hombre; luego, Sócrates es mortal.







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jueves, 16 de octubre de 2008

El otro Antonio Caballero



Julio César Londoño

E

ntre 1980 y 1994 Antonio Caballero publicó una columna sobre arte y literatura en la revista Cambio 16 de España. Estaba casado con una catalana de apellidos –como él– y trabajaba poco –como debe ser.

Una selección de esos artículos fue recogida por la revista El malpensante en el volumen Paisaje con figuras en 1997. Volver sus páginas es conocer al otro Antonio Caballero, al crítico cachaco que ocupaba su tiempo recorriendo con parsimonia episcopal los museos de Europa. Y leyendo. (Sufrido el hombre).

A veces se aburría (hasta la felicidad cansa) y entonces volvía a ser el mismo Caballero de siempre, el temible alacrán alado que todos conocemos, y ¡zas!, le asestaba una patada en la tráquea a la primera celebridad que se le atravesara (Leonardo da Vinci, Borges o Althuser). Acto seguido recogía su chistera y seguía como si tal.

De Leonardo da Vinci nos cuenta que su verdadera pasión era el diseño de armas de extermino masivo (carros acorazados, gigantescas ballestas de repetición, morteros) y que dejó tirados muchos proyectos (cuadros, cúpulas, cañones) porque, una vez entendidos, les perdía interés. "Para Leonardo –como para cualquier físico teórico– el arte era cosa mentale".

Alli nos enteramos de que "los cuadros de la madurez de Joan Miró están hechos de pequeños golpes de azar, de un azar ya controlado"; que Monet inventó la luz; que el bambino Piero de Médicis ponía a Miguel Angel a amasar muñecos de nieve con nieve traída hasta Florencia expresamente desde los Montes Apeninos; que la exposición Los Médicis y la Toscana del siglo XVI (Florencia, 1980) ocupó 8 palacios, cada uno dedicado a un tema específico: la Primacía del dibujo; el Escenario del prícipe; La corte, el mar y los comerciantes; el Renacimineto de la ciencia; Astrología, magia y alquimia; y La comunidad cristiana florentina del siglo XVI; que el paisajismo fue un género autónomo (ya no escenográfico) recién en el siglo XVII, y que si la luz entraba al cuadro por la izquierda, era de mañana; si por la derecha, de tarde; que Goya, un ateo, sabía poner en sus cuadros (Oración en el huerto, Comunión de San José de Calasanz) una profundidad religiosa que nunca alcanzó el beato Francisco Murillo; que cobraba 6 reales por los grabados de retratos ecuestres y 3 por los de a pie, y que no resistía a los dibujantes: "¡Líneas, líneas –rezongaba–, yo no veo líneas en la naturaleza!"; que Dalí introdujo el psicoanálisis en la pintura con su 'método crítico-paranoico'; que los 'globos' parlantes de los comics derivan de esas cintas ondulantes con caracteres latinos de los cuadros religiosos del Medioevo; que el arte pop –hijo del comic: plano, mecánico y frívolo– es el reflejo exacto de la frívola, mecánica y plana modernidad; que "el plagio en pintura ha existido siempre pero el comentario es específicamente moderno"; que Malraux bautizó a Goya como "el iniciador del arte moderno", haciendo gala de su francés talento para las definiciones; que Picasso pintaba retratos de sociedad y de burdel pero prefirió siempre los de Burdel; que Onetti decía: "Hay dos clases de escritores: los que quieren ser escritores y los que quieren escribir. Me quedo con estos"; que "Cortázar, tan francés, siempre se definió como un latinoamericano, eso que Borges, tan argentino, nunca fue".

De Sartre nos dice que fue la conciencia de su tiempo por su estilo y su ejemplo moral; de la pareja Sartre-Beauvoir, que 'mojó' tanta prensa como la pareja Burton-Taylor; de la literatura norteamericana, que es narcisa (obras como las de Walt Whitman y Henry Miller, y personalidades como la de Truman Capote, parecen darle la razón); de la Academia Sueca de Letras, imagina que "los viejitos que la conforman se dan palmadas de deseperación en sus pálidas calvas boreales cada que se les muere un Henry Miller: ¡Otro que se nos pasa!".

En Camilo José Cela, se detiene un poco más. Revela que fue un soplón a sueldo de la policía (le pasaba información sobre las actividades de los intelectuales opuestos al franquismo) y que escribió, pagado por el dictador Marcos Pérez Jiménez, La catira, un libro que debía convertirse en la novela nacional de Venezuela desbancando a Doña Bárbara de Rómulo Gallegos, quien encabezaba la resistencia civil a la dictadura. La novela es un bodrio, como todos sus libros, pero Cela se embolsilló una bonita suma. El capítulo dedicado a este insigne gilipollas se llama "Pedo, caca, culo, pis", en alusión a la conocida debilidad de Cela por todo lo escatológico.

La tragedia de Louis Althuser, el filósofo que un domingo cualquiera estranguló a su mujer, es analizada por Caballero con mal disimulada fruición.

Una serie de entrevistas a Czeslaw Milosz, Antony Burgess, Henry Moore, Milan Kundera, Gabo y Borges, cierra el libro. Borges le confesó que su mamá le reprochaba: "A vos no te interesa la historia argentina sino la actuación allí de tus parientes". En la entrevista a Gabo ("El Nobel cayó en Macondo") se atrevió a decirle que en Del amor y otros demonios sobraba un personaje (el segundo exorcista) y faltaba otro, Dominga de Adviento, señora que, según Caballero, está apenas bosquejada. Contra todo pronóstico, en lugar de descargar sobre el insolente reportero toda la autoridad de su gloria, el monstruo de Aracataca aceptó tranquilamente el comentario.

Paisaje con figuras es una mirada personal de su autor sobre cuadros y libros. Caballero sabe hacer algo que es muy difícil: encontrar las constantes que caracterizan a un periodo, a un movimiento o a una nación, sin caer en las simplificaciones triviales de las enciclopedias; especula sobre la manera como el espíritu de su tiempo influye sobre las obras de los artistas, a veces encuentra los pasadizos secretos que los unen, y siempre nos lo cuenta con ese estilo suyo que puede ser acusado de todo menos de insipidez.

Por desgracia, el libro no se consigue. La edición de El malpensante fue casi secreta (yo tuve que ahondarme en concavas zalemas ante todo el staff de la revista y comprometerme a escribir allí por unos honorarios nada honorables para conseguir un ejemplar), y las editoriales comerciales colombianas no están interesadas en reeditarlo. ¿Alguna editorial universitaria querrá aprovechar esta ganga?

El Periodismo Literario[1]

E

l Periodismo Literario es una manera de la crónica y del reportaje que comenzó a tomar forma en los Estados Unidos entre los 50 y los 60. Se caracterizó por la adopción de un ángulo resueltamente subjetivo en el enfoque de los sucesos y un tratamiento literario en su redacción. En adelante la poesía y la especulación, esas chicas alocadas, tuvieron acceso y hasta fueron bien vistas en las adustas salas de redacción.

El reportero se preocupó por humanizar los personajes y se atrevió a indagar sobre los resortes ocultos de sus actos, logrando un grato efecto de intimidad y hondura. (El auge del psicoanálisis y el descubrimiento del monólogo interior, habían preparado ya el camino del nuevo reportero). Entre los primeros trabajos realizados en esta dirección hay que mencionar la entrevista que Gay Talese le hizo a Frank Sinatra (1962) y, paradigma del género, la de Truman Capote a Marilyn Monroe (1955), donde esa hermosa criatura fue desnudada por primera y última vez con respeto y poesía. No fue difícil: ambos eran genios. Y pervertidos. Y se entendieron.

Sorpresivamente Colombia, que a todo llega tarde, esta vez madrugó. García Márquez escribió el Relato de un náufrago en 1955 y Alvaro Cepeda su magistral reportaje a Garrincha en 1968.

Aunque oficialmente el Periodismo Literario nace con El duque en sus dominios, el reportaje que Truman Capote le hizo a Marlon Brando en 1956, Tom Wolfe, el otro "Padre" de esta corriente, sostiene que la etiqueta fue acuñada hacia 1965 para designar los recientes trabajos de tipos como Jimmy Breslin y Gay Talese. "No era un movimiento. Carecía de manifiestos, clubs, salones, camarillas; ni siquiera existía un café donde se reunieran los fieles, puesto que no existían credo ni fe, pero la etiqueta pegó". (Tom Wolfe, The new jornalism, 1973).

Aquí mismo Wolfe señala las cinco características del Nuevo Periodismo, como él lo entiende:

1ª. El trabajo de campo de un artículo de este tipo es más extenso y detallado que el tradicional.

2ª. El texto se construye escena por escena, como si fuera un drama.

3ª. Introducción de diálogos.

4ª. Narración con varios puntos de vista, incluidos los de los personajes.

5ª. "Elementos simbólicos del status", un concepto que apunta al aprovechamiento de la identidad que proporcionan los gestos, los hábitos, el traje, las costumbres, las alergias y las opiniones de una persona o de un conglomerado. (Un buen ejemplo de cómo aplica Wolfe su 5º postulado puede verse en la descripción que hace de la indumentaria de los genios de Silicon Valley en Periodismo Canalla, Ediciones BSA, Barcelona, 2001).

El Nuevo Periodismo alcanza su madurez con la publicación de A sangre fría (1966) de Capote y Los ejércitos de la noche (1968) de Norman Mailer. Ambas novelas habían sido publicadas por entregas en los periódicos, y ambos autores negaron que sus libros pertenecieran al nuevo estilo periodístico. Capote llamó a lo suyo "no-ficción" para distinguirlo del naturalismo, y Mailer "historia novelada", para distinguirla de la novela histórica. En realidad lo que ambos perseguían era que no los fueran a confundir con los rancios novelistas del XIX, y mucho menos con esa plebe entintada, los periodistas.

El hecho de haber participado desde el comienzo mismo de esta aventura con dos representantes de la talla de García Márquez y Alvaro Cepeda, su tradición literaria, sus conflictos sociales y el indiscutible coraje del gremio, han provocado que en Colombia se cocine un buen periodismo escrito. Entre otros, hay que destacar la transgresora sensibilidad de Gonzalo Arango y Antonio Morales, la agudeza analítica de Enrique Santos Calderón, la sensibilidad social de Alfredo Molano y Ramón Jimeno, la tensión de Ligia Riveros, la amarga inteligencia de Antonio Caballero, el estilo de Plinio Apuleyo Mendoza y la precisión de José Navia –un baquiano de los vericuetos más sórdidos de las ciudades.

Gilbert Keith Chesterton escribió que el periodismo consiste esencialmente en informar que "¡Lord Jones ha muerto!" a gente que no sabía que Lord Jones estaba vivo. Con el Nuevo Periodismo, en todo caso, aprendimos a llorar la muerte de Lord Jones como si fuera la de un viejo amigo.

Prosa, rating e imagen

E

l rating no es un tirano. En realidad es un criado que sirve para justificar mediocridades. Cuando se los cuestiona por la baja calidad de sus productos, los editores y los programadores esgrimen la misma razón: "Lo nuestro es un negocio. Tenemos que vender lo que el público quiere: cine comercial, best sellers, farándula, orden público, culebrones, realities..." Tácitamente están afirmando que el hombre promedio es tonto de remate, y que programas como Laura en América lo retratan de cuerpo entero.

En realidad el hombre promedio no puede ser tonto ni genio porque es justamente eso, un promedio. La prueba está en que cuando se ponen en el mercado productos mediáticos o culturales buenos (Cosmos, La vida es bella, Revista Número, Semana, Noticia de un secuestro, Festival Iberoamericano de Teatro) la respuesta de la gente es generosa. Esto demuestra que 'el hombre de la calle' no es alérgico a la calidad, ni genéticamente bruto, ni peruano confeso.

Hay que aceptar, sí, que no somos igual de exigentes en todas nuestras compras mediáticas. Las noticias de la guerra, la pornografía y la crónica rosa se venden bien independientemente de la calidad de sus contenidos y edición. Quizá todo obedezca a que estos contenidos giran en torno a dos pulsiones básicas de la especie: el amor y el odio, la vida y la muerte, y por eso mismo nos cautivan de tan obsesiva manera.

Además de sus infalibles ingredientes (sexo y violencia), los noticieros, el cine comercial y las telenovelas cuentan con magníficas puestas en escena y agresivas campañas publicitarias. Por eso venden. Si enfrentamos a Sofía Vergara y un equipo de expertos (luces, vestuario, maquillaje, libretos, provocación) con un señor casposo que habla de clonación en lengua oscura y pastosa, no hay nada qué hacer; es pelea de pájaro con guayaba madura. Pero si conseguimos un buen presentador y le damos un libreto claro y controversial para que nos explique lo que un video bien realizado va mostrando, las fuerzas, y el rating, se equilibran.

Lo que la gente quiere hoy es una combinación de contenidos dramáticos con formas estéticas, y eso lo encuentra en los noticieros y en las telenovelas. Y está bien, claro, pero podría encontrarlo también en debates ágiles, documentales sociológicos y biografías bien narradas, por ejemplo, programas con los cuales el ojicuadrado televidente descansaría un rato de los guerreros caídos y las nalgas paradas, de Shakira y Juan Pablo, del exceso de información y la pobreza de la reflexión.

El otro tirano de la comunicación es la imagen. "Una imagen vale más que mil palabras", repiten hace 20 años, con unción y palabras, los teóricos de la información. Por eso los noticieros prefieren pasar diez veces la misma vieja imagen de apoyo antes que permitir que el presentador diga en pantalla cuatro frases nuevas y esclarecedoras.

Que esto le pase a la televisión es entendible, pero que también los diarios hayan pisado la cáscara es imperdonable. La primera página quiere parecerse a un televisor y usted encuentra en ella un repollo enorme o una hipodérmica a ocho columnas, cualquier cosa, basta con que sea imagen. Debajo hay un texto, inteligente o baladí, no importa, el hecho es que debe ser muy breve. ("El hombre contemporáneo no tiene tiempo de leer nada muy largo", es otro 'axioma' moderno).

Los diarios contrajeron esta suerte de esquizofrenia mediática en los 80, cuando los noticieros de televisión les tomaron la delantera, y entraron en el frenesí del scanner, la policromía, "el aire" (los espacios en blanco), la Red, las microondas y toda la vertiginosa tecnología de ese vertiginoso fin de siglo. Hicieron bien, claro, pero ¿por qué no cuidaron con igual solicitud su instrumento de cada día, el lenguaje escrito? ¿En qué mala hora decidieron que el periodismo literario servía sólo para la crónica de los domingos? ¿Por qué no se les ocurrió renovar también el estilo y redactar con fuerza y buena prosa? Si lo hubieran hecho, hoy los diarios no estarían tan rezagados de la radio y la televisión.

Lo peor del caso es que no se ve por ningún lado el acto de contricción ni el propósito de enmienda. Los textos de los diarios son cada vez más breves y están peor escritos. Parece que los periodistas se han tomado a pecho eso de que los periódicos se escriben para el olvido, o que "periodismo es lo que se escribe al reverso de los anuncios", y los jefes de redacción viven tachando metáforas y reprimiendo cualquier brote de poesía que asome en las pantallas.

Los entiendo parcialmente: es más fácil escribir en lenguaje plano (llamar al pan, pan y al vino, vino) que labrarse un estilo; una metáfora fallida sólo añade oscuridad al texto; y el tono poético puede desbocarse, si no se tiempla bien la rienda, por las floridas praderas de la cursilería. Pero la solución no es voltear la cola y escribir de manera ramplona sino aprender a redactar de manera sobria y poética a la vez; y acuñar bien las metáforas. Eso es todo.

El recelo de los periodistas objetivos y los historiadores rigurosos hacia la prosa literaria puede resumirse así: "El lenguaje recto es claro; el figurado es ambiguo, introduce ruido en el texto, confunde, falsea, miente. La verdad es que se puede mentir en lenguaje lacónico, y que los afanes estéticos, en cambio, pueden llevarnos a descubrimientos de fondo y añadir precisión al mensaje. ¿Cuántas veces, buscando un adjetivo para decorar una línea, hemos descubierto una cualidad del sustantivo que se nos había pasado inadvertida?

El día que el primer terrícola pisó la superficie de la Luna, la agencia soviética de noticias, Tass, tituló, verde de la envidia, "Hoy una nave norteamericana tripulada alunizó a las 23:30 GMT", distorsionando con un lenguaje rigurosamente objetivo la dimensión del acontecimiento –no se podía registrar semejante suceso como si tratara de una operación de rutina de la aviación comercial–. Times, en cambio, acertó al titular la noticia con las literarias palabras que un escritor de la Nasa le había preparado al astronauta Neil Armstrong para que las pronunciara en el momento de hacer sus primeros pininos en la Luna: "Este es un paso pequeño para un hombre, pero un salto gigantesco para la humanidad".

La prosa debe volver a las salas de redacción. ¿En aras de qué renunciar a su potencia y precisión? ¿Quién querrá comprar unas gafas que nos permitan ver en blanco y negro los atardeceres? El lenguaje desmañado banaliza la información y justifica la observación de Oscar Wilde, que se quejaba de lo mal escritos que estaban los periódicos: "Leer los diarios –decía el irlandés– es comprobar que sólo lo ilegible sucede".

Si tenemos en cuenta que los periódicos y las revistas son el último contacto de la gente con el lenguaje escrito, la responsabilidad de los que trabajamos en esos medios salta a la vista. Es nuestro deber velar por el trato que reciba esa leve y antigua morada del hombre, la palabra.

Periodismo científico

A

caba de realizarse (marzo de 2005) en la Universidad de Princeton un congreso de "periodismo científico", la especialidad de la comunicación encargada de informar a la gente sobre los avances de la ciencia. Acudieron a la cita premios Nóbel, premios Pulitzer, medallas Fields, escritores, periodistas y profesores de ciencias y de comunicación de todo el mundo. Los objetivos del encuentro eran tres: trazar estrategias para la obtención de la "masa crítica" necesaria para la realización de debates amplios sobre investigaciones polémicas, brindar al hombre de la calle la oportunidad de satisfacer su pulsión natural de conocimiento, y aumentar el marketing de los productos de divulgación científica: publicaciones, juegos, webs, multimedia, etc.

Lo de la "masa crítica" es así: si se logra que un buen número de personas tengan una comprensión aceptable de temas como el genoma humano, el neoliberalismo y la energía nuclear, ellas actuarán como multiplicadores de información en sus comunidades. De esta manera, cuando se debata la conveniencia de clonar las células madre, extender el uso de la energía nuclear o evaluar las bondades del neoliberalismo, la opinión pública tendrá voz y voto en el debate. Si no, las grandes decisiones seguirán tomándose a puerta cerrada, al arbitrio de la ambición del industrial, la vanidad del científico y el ajedrez de la política.

Gracias a la informática millones de personas pueden alinearse en cuestión de horas y tomar decisiones tan dramáticas como las que llevaron al señor Zapatero al poder en España. Desconocer hoy el peso de la opinión pública no es ético. Ni inteligente.

Las ventajas de tener una población bien informada son obvias. Sobre la eutanasia, el aborto y las drogas se ha insistido tanto que todos sabemos de qué se trata. Si se convocara ya a un referendo para definir una legislación frente a la eutanasia, digamos, la votación sería masiva y consciente. Pero si el tema fuera "diga sí", o no, a la política neoliberal, la clonación de células madre o el mercadeo de alimentos transgénicos, el colombiano, el inglés, el chino, el marroquí y el noruego no sabrían qué responder.

Sin desconocer la trascendencia de estos argumentos, un ponente defendió el derecho al "saber por el saber". El ser humano, dijo, necesita saber porque sí, porque es curioso por naturaleza y encuentra placer conociendo. La ovación fue cerrada.

Frente al estilo que debe seguir el periodista científico, hubo dos posiciones: la ortodoxa, que era partidaria de abordar los temas con un lenguaje plano, y la poética, defendida por los que prefieren que la divulgación científica esté en manos de periodistas con buena formación en letras. Alarmados, los ortodoxos recordaron que los poetas no vacilan a la hora de sacrificar un mundo para pulir un verso. Una bióloga zanjó la polémica: "Ambos, el ortodoxo y el poeta, pueden falsear los resultados de la ciencia. El primero por incapacidad verbal y el segundo por su manía hiperbólica. Pero el poeta es amo del lenguaje; si tergiversa lo hace conscientemente. Si me han de apuñalar, yo prefiero que lo haga un cirujano", dijo, y las risas llenaron el aula magna de Princeton University.

Géneros Periodísticos. Taller 2

A

continuación encontrará usted fragmentos representativos de textos literarios o periodísticos: noticia, crónica, reportaje, análisis, perfil, ensayo y poesía. Clasifíquelos.

Un nuevo intento de secuestro por parte de los frentes 42 y 61 de las Farc fue neutralizado en la vía que de Belén de los Andaquíes conduce al municipio de San José de la Fragua, al sur de Caquetá.

Por tu camino voy, y una canción más honda me desvela. Dónde olvidarte, dónde, si todo te recuerda.

Escuché por radio unas declaraciones del Gerente General del Banco de la República, que extrañamente no fueron comentadas en los medios escritos.

Shakira trabajó tan duro para depurar su inglés, que a veces lo hablaba dormida. En la noche de la víspera de la grabación del disco, para lo cual se había organizado un concierto privado, el estrés le produjo un cuadro febril y sólo pudo dormir una hora. El concierto no se podía aplazar porque ya estaban en Miami, venidos de todas partes del mundo, músicos, ingenieros y bailarines convocados exclusivamente para tal fin. Shakira llegó con 20 minutos de retraso pero bailó, tocó la guitarra y encantó a un auditorio compuesto por empresarios y periodistas del espectáculo. (Como dato curioso hay que anotar que en la grabación no se utilizaron instrumentos electrónicos, sólo acústicos).

¿Cómo se apaciguará la hoguera del Medio Oriente, más volátil tras el 11 de septiembre? Hasta ahora nada ha servido. Los extremismos tanto de Israel como de Palestina se han apoderado del mando. ¿Cómo seguirá comportándose la economía? El tratadista Jeremy Rifkin es pesimista. "Desde un punto de vista económico, no podemos mantener negocios en un entorno impredecible".

Sabina nunca pudo comprobar esos rumores pero prefiere invocar a la Virgen antes de hablar de ellos. Hace dos años una historia similar corrió por las calles ardientes y abandonadas de su barrio: Oswaldo, un ladrón del sector, era capaz de convertirse en una planta cuando se sentía acosado por la policía, contaba la gente en voz baja.

No vale la pena entrar en demasiadas consideraciones, definiciones y anotaciones para tratar de distinguir entre reportaje y entrevista y crónica y reportaje. Tampoco se justifica elaborar una lista de características de uno y otro géneros que permita examinar los materiales de dudosa ubicación a fin de localizarlos, como haría un botánico con dos hojas parecidas, en su respectivo lugar. Es preferible referirse a las diferencias que existen en los extremos, más que caer en la trampa de clasificar lo que se halla en la desdibujada zona media.

Creo que ese hecho accidental, el tener una mafia industriosa y pacífica (o morronga), es la causa central de la postración moral de Cali. La nocividad de ese Cartel es casi tan grande, calculo, como el poder destructor del Sindicato de Emcali.

A las 7 y 39 minutos de la mañana de ayer, un carro de valores de la empresa Tomás de la Rue fue atracado por un grupo de pistoleros que se llevaron un botín de 647 millones de pesos.

Vivir para contarla es una autobiografía contada con todas las licencias poéticas que un literato puede permitirse. Por eso en el libro la realidad alterna con la ficción, y algunos sucesos históricos, como el asesinato de Gaitán, han sido literariamente alterados.

"Manhattan me hacía sentir como mosca en leche –recuerda ahora Jennifer López–. Una vez me contrataron para hacer una coreografía para un video clip de la Toya Jakson. Nadie me saludó al llegar. Al terminar un tipo me dio doscientos dólares sin mirarme. Para muchos de 'ellos' somos hispanishes, una plaga antes que una etnia". Quizá es pensando en 'ellos', y en los portazos, que afirma bella y soberbia: "El éxito es la mejor venganza".

JCL


[1] Durante mucho tiempo esta manera de escribir recibió el nombre de Nuevo Periodismo.








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jueves, 9 de octubre de 2008

Las maestras. Julio César Londoño



Julio César Londoño

INFLUENCIA DEL COMADREO EN LA

CONFIGURACIÓN DE LA ESTRUCTURA NOTICIOSA

PUNTO–CADENETA–LIED

J CL

E

ran aproximadamente las cuatro de la tarde, hora reservada para flagelarme con la lectura de los clásicos, cuando se escucharon golpes urgentes en la puerta. Era una vecina, famosa por su lengua, que entró gritando:

—¡Se murió don Cristóbal!

Esta frase suspendió automáticamente todas las actividades de la casa –mi lectura incluida– y disparó la estampida de las mujeres, quienes corrieron a abrirle haciéndole mil preguntas que ella contestó con frases precisas. "Esta mañana". "A las diez". "En la casa de la moza". "Tomándose un tinto". "Infarto fulminante". Luego vino el desarrollo del grito, fase que nuestra vecina emprendió con una evocación obligada. "El venía enfermo desde el año pasado. Como en agosto tuvo un preinfarto. Fue en el matrimonio de Ruperto. Cuando estaban cenando le dijo a Teresa: Mija, me duele aquí. (La vecina ilustra la frase, me parece verla, poniéndose la mano derecha sobre la teta izquierda. Digo que me parece verla porque yo no había salido todavía a la sala. Estaba escuchándola desde mi cama con el libro abierto sobre el pecho). ¡Ella no le hizo caso porque como los hombres son tan flojos! Pero esa noche se puso malo y tuvieron que correr con él para la clínica".

Mi mamá suspiró: Qué pesar de don Cristóbal. "¡Un caballero!", agregó mi hermana. La vecina volvió a la carga.

"El médico le prohibió el trago y el cigarrillo. Cómo va a ser malo el cigarrillo, dizque decía, miren a Montaño, el mejor arquero de Colombia y no le puede faltar su vareto. ¡Ahora uno, que no fuma sino tabaco! El trago sí lo dejó un tiempo, mientras le pasaba el susto, pero luego se puso al día".

–Era muy alegre –dijo mi hermana.

–Un alcohólico –corrigió mi tía.

Mi madre calló. Seguro estaba pasando por su memoria la imagen de nuestro vecino de tantos años, y algo muy adentro le estaba oprimiendo el corazón.

–Qué será de esos muchachos ahora –se lamentó–. ¡Pobre Teresa!

–Era tomatrago y todo lo que se quiera –ripostó mi hermana, que nunca dejaba una pelea iniciada, conce­diéndo tácitamente que el finado era un mujeriego redomado– pero nunca les faltó nada en la casa.

–La plata no es todo –mi tía no daba el brazo a torcer–. Una familia necesita afecto. Atención. Orientación. Y ejemplo. ¡E–jem–plo! Una familia no es una manada de marranos a la que baste arrojarle comida.

La vecina intuyó que era hora de cambiar de tercio. Quizá le molestaba que no la dejaran hablar a ella, la dueña de la primicia. O simplemente consideró que ya estaba bien de digresiones y decidió volver a la tensión del presente, como el reportero que sabe cuando está concluido el perfil del personaje y vuelve a los hechos.

"Anoche no quiso comer. (La frase funciona. El auditorio guarda silencio). Estaba muy decaído últimamente. Desde lo de Margarita. Eso fue lo que lo mató. El nunca pudo aceptar que le hubieran preñado su muchachita. Desde ese día comenzó a derrumbarse el viejo".

(El libro seguía sobre mi pecho pero ahora estaba cerrado con un dedo prensado entre sus hojas a manera de marcapáginas. Mi cuerpo permanecía en el cuarto pero las orejas ya habían ganado el corredor y buscaban, presurosas, la sala).

"Ayer por la mañana le dijo a Teresa que se arreglara para que fueran a la notaría. Ella me dice que sintió una cosa horrible, como si le hubieran dicho quién sabe qué, porque como él nunca le comentaba sus negocios, y se quedó mirándolo sin acertar a preguntar nada ni a arreglarse ni nada. Era para hacerle el traspaso de las escrituras de la finca y de la casa y del carro. De todo. Ya va a volver con sus bobadas, le dijo ella sobreponiéndose, porque él venía insistiéndole que hicieran esas diligencias. Es mejor andar adelante que atrás, le dijo él, yo soy más viejo que usted..."

–El corazón le avisaba –dijo mi mamá.

"Ella se fue a arreglar pero se demoró mucho en el baño porque no quería que él le viera los ojos enrojecidos. Cuando salió, don Cristóbal ya no estaba. Se había ido con unos señores que vinieron a buscarlo para ir a ver un ganado. Ahora y verá el lío de la sucesión. Con lo 'perro' que era debe haber más de un hijo natural por ahí".

–Hace quince días pasó por aquí –recordó mi hermana mirando el suelo–. Yo estaba en la puerta esperando que pasara el carro de la basura para entrar el tarro, porque como ya ni eso se puede dejar en la calle. Lo noté muy serio; él, que era tan alegre. Estaba muy desmejorado. Me preguntó por todos y me dijo Adiós, mija. Me extrañó, porque el siempre me decía doña Yolanda.

* * *

Cualquiera puede advertir, en lo que antecede, la acertada disposición estructural del relato. Allí están, en su justo lugar, el título, "¡Se murió don Cristobal!", el lead –que es el párrafo breve que abre el texto con una síntesis precisa del suceso–, la retrospec­ción –que es un salto atrás en el tiempo de la narración para ilustrar al lector sobre algunos antecedentes que ayudan a la mejor compren­sión de la noticia–, la prospección –o salto adelante para retomar el hilo del encabezado– y la conclusión o cierre de la noticia. Y por supuesto que no fue en una escuela de periodismo donde mi vecina aprendió estas cosas. De alguna manera ellas saben desde siempre cuál es el orden y la manera más eficaz de contar una historia. Cada que una señora cuenta una historia, inventa la técnica pertinente. Y es de ellas, autoras inéditas de la preceptiva de la narración oral, de donde el periodismo y la narrativa han tomado sus mejores recursos. Y digo de ellas porque no tengo ninguna duda de que las mujeres son mejores narradoras que los hombres. Los hombres somos, al narrar, ordena­dos, fríos y parciales (en el sentido de que nos concretamos a contar un sólo aspecto del suceso. Somos, "para decir de una vez palabras fatales, clásicos en suma"). Las mujeres son desordenadas, emotivas, románticas y totales (en el sentido de que les interesan todos los ángulos del suceso. Son, pues, cubistas, parlan­chinas, no lineales; regias, en síntesis). Un hombre se hace un lío al momento de hablar, demos por caso, de la belleza de otro hombre. Dice "apuesto", "buen mozo" o "bien pareci­do", con un tono bronco que no deje lugar a dudas sobre su virilidad. Una mujer, en cambio, se solaza diciéndonos que la novia estaba bellísima, describirá con fruición la boca, los dientes, los ojos, la piel, la moña, el azahar, el velo, los zapatos, la iglesia y los pajecitos, antes de llegar al vestido propiamente dicho, cuya descrip­ción puede tomar casi tanto tiempo como la confección. Un hombre dirá: Está buena la novia.

Nadie puede negar que los hombres son los maestros del arte de escribir pero esto sólo se debe a que ellas se mantienen muy ocupadas hablando. Y enseñando. De ellas hemos aprendido todo, desde las primeras letras hasta los más sofisticados recursos literarios, pasando por los cambios de narrador o de tiempos verbales, la búsqueda del vocablo preciso, la ubicación de los énfasis, el momento de las digresiones, la selección del color, etc. Sí, todo viene de ellas, las maestras orales, las mujeres.





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Las maestras. Julio César Londoño


Julio César Londoño

INFLUENCIA DEL COMADREO EN LA

CONFIGURACIÓN DE LA ESTRUCTURA NOTICIOSA

PUNTO–CADENETA–LIED

J CL

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ran aproximadamente las cuatro de la tarde, hora reservada para flagelarme con la lectura de los clásicos, cuando se escucharon golpes urgentes en la puerta. Era una vecina, famosa por su lengua, que entró gritando:

—¡Se murió don Cristóbal!

Esta frase suspendió automáticamente todas las actividades de la casa –mi lectura incluida– y disparó la estampida de las mujeres, quienes corrieron a abrirle haciéndole mil preguntas que ella contestó con frases precisas. "Esta mañana". "A las diez". "En la casa de la moza". "Tomándose un tinto". "Infarto fulminante". Luego vino el desarrollo del grito, fase que nuestra vecina emprendió con una evocación obligada. "El venía enfermo desde el año pasado. Como en agosto tuvo un preinfarto. Fue en el matrimonio de Ruperto. Cuando estaban cenando le dijo a Teresa: Mija, me duele aquí. (La vecina ilustra la frase, me parece verla, poniéndose la mano derecha sobre la teta izquierda. Digo que me parece verla porque yo no había salido todavía a la sala. Estaba escuchándola desde mi cama con el libro abierto sobre el pecho). ¡Ella no le hizo caso porque como los hombres son tan flojos! Pero esa noche se puso malo y tuvieron que correr con él para la clínica".

Mi mamá suspiró: Qué pesar de don Cristóbal. "¡Un caballero!", agregó mi hermana. La vecina volvió a la carga.

"El médico le prohibió el trago y el cigarrillo. Cómo va a ser malo el cigarrillo, dizque decía, miren a Montaño, el mejor arquero de Colombia y no le puede faltar su vareto. ¡Ahora uno, que no fuma sino tabaco! El trago sí lo dejó un tiempo, mientras le pasaba el susto, pero luego se puso al día".

–Era muy alegre –dijo mi hermana.

–Un alcohólico –corrigió mi tía.

Mi madre calló. Seguro estaba pasando por su memoria la imagen de nuestro vecino de tantos años, y algo muy adentro le estaba oprimiendo el corazón.

–Qué será de esos muchachos ahora –se lamentó–. ¡Pobre Teresa!

–Era tomatrago y todo lo que se quiera –ripostó mi hermana, que nunca dejaba una pelea iniciada, conce­diéndo tácitamente que el finado era un mujeriego redomado– pero nunca les faltó nada en la casa.

–La plata no es todo –mi tía no daba el brazo a torcer–. Una familia necesita afecto. Atención. Orientación. Y ejemplo. ¡E–jem–plo! Una familia no es una manada de marranos a la que baste arrojarle comida.

La vecina intuyó que era hora de cambiar de tercio. Quizá le molestaba que no la dejaran hablar a ella, la dueña de la primicia. O simplemente consideró que ya estaba bien de digresiones y decidió volver a la tensión del presente, como el reportero que sabe cuando está concluido el perfil del personaje y vuelve a los hechos.

"Anoche no quiso comer. (La frase funciona. El auditorio guarda silencio). Estaba muy decaído últimamente. Desde lo de Margarita. Eso fue lo que lo mató. El nunca pudo aceptar que le hubieran preñado su muchachita. Desde ese día comenzó a derrumbarse el viejo".

(El libro seguía sobre mi pecho pero ahora estaba cerrado con un dedo prensado entre sus hojas a manera de marcapáginas. Mi cuerpo permanecía en el cuarto pero las orejas ya habían ganado el corredor y buscaban, presurosas, la sala).

"Ayer por la mañana le dijo a Teresa que se arreglara para que fueran a la notaría. Ella me dice que sintió una cosa horrible, como si le hubieran dicho quién sabe qué, porque como él nunca le comentaba sus negocios, y se quedó mirándolo sin acertar a preguntar nada ni a arreglarse ni nada. Era para hacerle el traspaso de las escrituras de la finca y de la casa y del carro. De todo. Ya va a volver con sus bobadas, le dijo ella sobreponiéndose, porque él venía insistiéndole que hicieran esas diligencias. Es mejor andar adelante que atrás, le dijo él, yo soy más viejo que usted..."

–El corazón le avisaba –dijo mi mamá.

"Ella se fue a arreglar pero se demoró mucho en el baño porque no quería que él le viera los ojos enrojecidos. Cuando salió, don Cristóbal ya no estaba. Se había ido con unos señores que vinieron a buscarlo para ir a ver un ganado. Ahora y verá el lío de la sucesión. Con lo 'perro' que era debe haber más de un hijo natural por ahí".

–Hace quince días pasó por aquí –recordó mi hermana mirando el suelo–. Yo estaba en la puerta esperando que pasara el carro de la basura para entrar el tarro, porque como ya ni eso se puede dejar en la calle. Lo noté muy serio; él, que era tan alegre. Estaba muy desmejorado. Me preguntó por todos y me dijo Adiós, mija. Me extrañó, porque el siempre me decía doña Yolanda.

* * *

Cualquiera puede advertir, en lo que antecede, la acertada disposición estructural del relato. Allí están, en su justo lugar, el título, "¡Se murió don Cristobal!", el lead –que es el párrafo breve que abre el texto con una síntesis precisa del suceso–, la retrospec­ción –que es un salto atrás en el tiempo de la narración para ilustrar al lector sobre algunos antecedentes que ayudan a la mejor compren­sión de la noticia–, la prospección –o salto adelante para retomar el hilo del encabezado– y la conclusión o cierre de la noticia. Y por supuesto que no fue en una escuela de periodismo donde mi vecina aprendió estas cosas. De alguna manera ellas saben desde siempre cuál es el orden y la manera más eficaz de contar una historia. Cada que una señora cuenta una historia, inventa la técnica pertinente. Y es de ellas, autoras inéditas de la preceptiva de la narración oral, de donde el periodismo y la narrativa han tomado sus mejores recursos. Y digo de ellas porque no tengo ninguna duda de que las mujeres son mejores narradoras que los hombres. Los hombres somos, al narrar, ordena­dos, fríos y parciales (en el sentido de que nos concretamos a contar un sólo aspecto del suceso. Somos, "para decir de una vez palabras fatales, clásicos en suma"). Las mujeres son desordenadas, emotivas, románticas y totales (en el sentido de que les interesan todos los ángulos del suceso. Son, pues, cubistas, parlan­chinas, no lineales; regias, en síntesis). Un hombre se hace un lío al momento de hablar, demos por caso, de la belleza de otro hombre. Dice "apuesto", "buen mozo" o "bien pareci­do", con un tono bronco que no deje lugar a dudas sobre su virilidad. Una mujer, en cambio, se solaza diciéndonos que la novia estaba bellísima, describirá con fruición la boca, los dientes, los ojos, la piel, la moña, el azahar, el velo, los zapatos, la iglesia y los pajecitos, antes de llegar al vestido propiamente dicho, cuya descrip­ción puede tomar casi tanto tiempo como la confección. Un hombre dirá: Está buena la novia.

Nadie puede negar que los hombres son los maestros del arte de escribir pero esto sólo se debe a que ellas se mantienen muy ocupadas hablando. Y enseñando. De ellas hemos aprendido todo, desde las primeras letras hasta los más sofisticados recursos literarios, pasando por los cambios de narrador o de tiempos verbales, la búsqueda del vocablo preciso, la ubicación de los énfasis, el momento de las digresiones, la selección del color, etc. Sí, todo viene de ellas, las maestras orales, las mujeres.





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