miércoles, 9 de julio de 2008

La invención de la escritura. Por Julio César Londoño




Julio César Londoño

EN MESOPOTAMIA, LA TIERRA DE LA RUEDA, LA TORRE DE BABEL, EL SISTEMA DE NUMERACIÓN POSICIONAL, LA ASTRONOMÍA Y EL PRIMER CÓDIGO DEL DERECHO, EL DE HAMURA­BI, FLORECIO UN DÍA LA ESCRITURA.

L

os semiólogos entienden por lenguaje un abigarrado conjunto de sucesos: la rama quebrada que señala al cazador el paso y la dirección de su presa; las danzas de galanteo de los animales; la advertencia que colocan los niam–niam, tribu del Alto Egipto, a la entrada de la aldea: una mazorca, una pluma de gallina y una flecha, y que significa: mataremos al que toque nuestros cultivos o nuestras aves; las señales de humo y el tam–tam de los tambores; los coquetos colores de las flores; los gestos, esas abreviaturas de las emociones; las modas y el maquilla­je, los signos del tránsito y la señalización interior de los edificios, las banderas de la marina, el cine, la arquitec­tura y la pantomima son, todos, lenguajes. Y como son susceptibles de ser interpreta­dos, leídos, son también escritura, pero aquí me limitaré a usar este vocablo en su sentido recto: palabra escrita.

El poseer sistemas tan dúctiles y precisos de comunicación como los idiomas es nuestro mayor logro, la más alta creación colectiva de la especie... aunque bien puede ser al contrario, que el hombre sea una consecuencia del lenguaje. Al menos esto piensa Jaques Monod, premio nobel francés por sus trabajos en biología molecular:

"La aparición del lenguaje precedió, tal vez muy lejana­mente, a la aparición del sistema nervioso central propio de la especie humana, y contribuyó de hecho, y de manera decisiva, a la selección de las variantes más aptas para cultivar sus recursos. En otras palabras, sería el lenguaje el que habría creado al hombre más que el hombre al lenguaje", dijo el científico en la lección inaugural de su cátedra en el College de France en 1967.

En cualquier caso –causa o efecto de la inteligencia– el lenguaje oral es admirable, sí, pero también natural, explicable, inevitable casi. Podemos imaginar, en el principio, los matices del gruñido, los balbuceos ya articulados, las onomatopeyas, la risa, la rochela verbal... y por fin el día luminoso de la palabra clara y distinta, y de la diversidad de los idiomas –esas obras de los pueblos que contienen en potencia todos los poemas y todas las plegarias y todas las canciones.

Admirable, sí, pero humano, concebible. El lenguaje escrito, en cambio, más parece obra de dioses que de hombres. Al principio, esto es, en algún momento del cuarto milenio antes de Cristo, la escritura fue pictográfi­ca: el agua era una onda, el Sol un círculo, la paloma una paloma. Era eficaz para nombrar sustantivos concre­tos y registrar anales en un estilo lacónico y forzosamente elíptico; ahí termina­ba su poder. Por eso ningún egipcio escribió entonces:

Detente sombra de mi bien esquivo

Imagen del hechizo que más quiero,

bella ilusión por quien alegre muero,

dulce ficción por quien penosa vivo.

Aunque parece obvio pensar que el lenguaje oral precedió a la aparición de la escritura, pudo suceder que fueran creaciones simultáneas. Imaginemos, por ejemplo, un primitivo que trata, en uno de los últimos días de la prehistoria, de describir a sus amigos un pájaro extraño, sin nombre aún, que lo ha sorprendido esa mañana. Quizá intente traducirlo en palabras, pero su vocabulario es asaz precario, y además las descripciones no son (ni serán) el fuerte de la especie. Entonces se agacha y dibuja con el dedo en la tierra un pictograma que todavía no tiene equivalente oral, que se ha anticipado al lenguaje. Estamos ahora al final de la historia, vivimos en el ápice de esa curva que va de la edad de piedra a los años del plástico, nuestro vocabulario es infinitamente más rico y preciso, y todavía el lápiz y el papel son elementos frecuentes en la conversación.[1]

Hacia el año 2500 a.C. los egipcios simplificaron sus signos (la pereza es inventiva): de la paloma sólo quedó una pata, del Sol un punto, del faraón el cetro. Era una escritura jeroglífica o simbólica. Fue un salto extraordinario porque con el símbolo nació la metáfora (ya una cosa podía significar otra distinta) y el lenguaje se hizo elocuente y poderoso. Ahora un egipcio podía escribir:

La muerte es la sombra de la vida [2]

Por la misma época del descubrimiento de la metáfora, un pueblo de Mesopo­tamia (la tierra de la rueda, la Torre de Babel, el sistema de numeración posicional y el primer código del derecho, el de Hamura­bi), los sumerios, inventaba una suerte de silabario. Crearon signos, un signo para lu y otro para na, uno para ca y otro para sa,[3] y les asignaron valor fonético. ¡Eran signos que sonaban! Es difícil imaginar un instrumento musical más simple y hermoso que un garabato cuneifor­me.

Pero existe uno más breve porque un día un fenicio iluminado consideró que el silabario no era un sistema suficientemente flexible, y dividió las sílabas en fonemas (el sonido de cada letra), asignó a cada fonema un caracter –redujo pues el prolijo silabario al mínimo abecedario– y con ese puñado de signos creó un ingenio modular infinito, un instrumento capaz de registrar todos los poemas, canciones y plegarias –como la oreja de un muerciélago– todas las voces del lenguaje oral de los hombres y los gritos de los animales, el rumor del viento y el rugido del mar, el crujido de una rama seca y el ronroneo de las máquinas que los hombres inventarían; todas las tensiones del alma y todos los matices del verde. Todos los sucesos del universo y todos los de la imaginación estaban ya en el alfabeto fenicio.

En cuanto a instrumentos, soportes y sustancias puede decirse que todo ha sido ensayado en este oficio: se ha escrito con el dedo sobre la arena o la ceniza, con cuñas y sellos sobre la arcilla o la cera, con hierro en la roca, con pinceles sobre hojas de palma o de laurel, con cuchillos en las cortezas de los árboles, con cañas sobre el pergamino y plumas sobre el papel, con un punzón que llamaban estilo sobre tablillas de madera recubiertas con cera, con planchas de madera o plomo entintadas sobre papel, con nudos en una cuerda, con aviones de propulsión y gases de colores en el cielo, y con haces de fotones sobre pantallas de plástico o de cristal líquido. Las primeras tintas que se usaron fueron la grasa de la jibia, el zumo de la zarza y el hollín de humo; luego el bermellón, el minio, la grana, las caparrosas, el quermes, la cochinilla, el achiote, el vino, las agallas, los ácidos invisibles. Hoy usamos una mezcla de ácido oxálico, goma arábiga y colorantes sintéticos.

En una de sus Seis propuestas para el próximo milenio Calvino exalta la levedad del software, los programas, que sostiene al aparatoso Hardwa­re, los equipos –un universo físico descansando sobre un plano ideal–, y compara al software con el grácil alfabeto, que contiene de algún modo al mundo, sus códigos, ciencias, ritos, artes, lenguas, comunicacio­nes, construcciones, etc.

Es una suerte que el lenguaje oral haya sido cifrado de una manera tan eficaz en un sistema que quizá lo supera, lo enrique­ce; y enriquece también la vida interior de las personas pues la intensidad de nuestras emociones y su diversidad dependen de nuestra habilidad para expresarlas; y ésta, de la eficacia del lenguaje para designarlas. Si nuestros zapatos, esa mujer, el postre y la tarde fueran todos chéveres o bellísimos, nuestra vida sería simplemente chévere o bellísima. Por fortuna los zapatos pueden ser cómodos, voluptuosos, rotos, estrambóticos o callejeros; esa mujer, provocativa, cadenciosa, despam­panante, "zapato", angelical, irresistible o Margarita; el postre, regio, oriental, empalagoso, suave o "como para chuparse los dedos"; la tarde, sobrecogedora, dorada, malva, gris metálico, daliniana... o bellísima.

Fenicia significa rojo porque sus primeros pobladores provenían de las costas del Mar Rojo. Y fue en homenaje a esa nación que Orígenes de Alejan­dría ordenó a los escribas que copiaban su Edi­ción exaplar de las Escrituras en el siglo III, que iluminaran las iniciales de capítulo con tinta roja para significar que en el comienzo de la escritura hubo un fenicio. Quizá en la escuela escribía­mos los títulos con tinta de ese color en homenaje al hombre que inventó el alfabeto.

JCL


[1] Algunos van más lejos: "Tímida­mente la ciencia actual se anima a barruntar la posible anterioridad del lenguaje escrito –representati­vo, obviamen­te, no de palabras, sino de concep­tos e ideas". (Germán Espinosa, La aventura del lenguaje, capítulo 10).

[2] Inscripción tallada sobre el dintel del vano de la cámara superior de la pirámide de Keops.

[3] Era un sistema brillante pero no económico. En las lenguas modernas un silabario requeriría el uso de varios cientos de caracteres.



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