domingo, 29 de junio de 2008

Los gramáticos

Julio César Londoño

U

na tarde del otoño de 1864 don Andrés Bello entró a su despacho­ del edificio del Ministerio de Relaciones Exteriores en la Plaza Constitu­ción de Santiago de Chile, barajó el rumazo de la correspon­dencia y se emocionó al reconocer en uno de los sobres la femenina caligrafía de Rufino José Cuervo, ese joven colombia­no tan parecido a Silva en porte y talento aunque mucho más aplomado que el poeta y menos propenso que éste al esplín del siglo y a la hiperes­tesia del gremio.

Bello lo había visto dos veces: la primera en un café de Santafé de Bogotá y la segunda en los corredores de la Sorbona –donde Cuervo dictaba un curso de gramática francesa para franceses– y en ambas ocasiones se había sentido un poco intimidado ante ese joven precoz y cosmopolita. "Es como si la Torre de Babel se le echara a uno encima de repente", decía. Y es que a pesar de su sólida formación humanista, sus viajes, su prestigio como jurista y educador, y la fama que le había granjeado su inteligen­te Gramática de la lengua castellana, don Andrés nunca dejó de ser un provin­ciano que se sentía incómodo en los salones y prefería refugiarse en la soledad de las bibliotecas o conversar con las palomas en los parques –en latín, porque era un tanto lunático.

Rompió el sello de cera ocre de la Sorbona y el violeta del joven filólogo, y leyó. "Maestro" comenzaba diciendo la carta porque Cuervo, por su parte, reverenciaba a Bello. Pensaba que la erudición era fácil de alcanzar ("basta con ser pobre y asocial; o soltero") y que cual­quiera podía ser polígrafo con tal de que fuera lo suficientemente terco para dedicar a la empresa un par de lustros de aplicación. "Pero lo de Bello es mucho más que celibato y perseverancia –decía–. Es la obra de un genio". Le gustaba citar en sus clases de conjugación el ejemplo de copretérito que trae la Gramática de la lengua castellana:

Copérnico descubrió que la Tierra giraba en torno al Sol. Podría tolerarse gira (Copérnico descubrió que la Tierra gira en torno al Sol) pero entonces no veríamos por entre la mente del astrónomo el giro eterno del planeta.

"Maestro: acabo de releer el polémico capítulo de su gramática Las partes de la oración. Coincido plenamente con la tesis de que las 9 categorías de la clasificación clásica deben reducirse a 7 pues los pronom­bres son evidente­mente sustanti­vos comunes, y los artículos una variedad de adjetivos (como lo prueba el hecho de que ambos deban vivir a la sombra del sustantivo). Lo único que no encaja en este irrefuta­ble capítulo es el título. Las partes de la oración son el sujeto y el predicado, como las partes de una casa son el zaguán, la sala, los corredores, el comedor, los patios, las alcobas, y no el lavamanos, las mesas, las baldosas, los ladrillos, etc. Con todo respeto le sugiero lo titule La clasificación de las palabras.

"Tengo que confesarle que con frecuencia se me zafan en la conversa­ción el habemos y el habían. Me hacen falta. Son naturales y corren a los labios como la interjección al dolor. He leído todo lo que han escrito los gramáticos sobre la conjugación de haber sin hallar remedio a mi mal. Encuentro muy forzado –por decir lo menos– que en la frase Había muchachas en primave­ra las muchachas sean el complemento directo cuando todo nos grita que ellas son el sujeto no sólo de la frase sino del orbe. Confirma mi sospecha el hecho de que estas chicas son asaz esquivas a la voz pasiva, que sería la manera científica de demos­trar la hipótesis del complemento directo.

"Veamos otro ejemplo: Habemos ocho miembros. ¿Cómo podemos reem­plazar el habemos? Somos ocho miembros no es equivalente; tal vez sí Estamos ocho miembros, pero ¿cómo corregir la expresión Habemos hombres honrados? Evidentemente aquí no sirve Estamos hombres honrados, y en Somos hombres honrados el verbo ser tiene un carácter directo que no se compadece del indefinido y satírico habemos. Además de larga y fea, en la frase Hay, conmigo, algunos hombres honrados no queda claro si el que habla es el líder de los hombres honrados o un bandido que anda en buenas compañías. (En el prólogo de su Gramática hay una frase que termina diciendo […] es un lujo que la gramática no ha menester. Fue una suerte que eligiera el singular porque en el plural tenía que haber escrito es un lujo que las gramáticas no han menes­ter).

"Hay muchos idiomas que no padecen esta fobia por el plural de haber. Los ingleses dicen There is a girl o There are girls in spring, y los latinos, el pueblo gramático, decían Es puella en el singular y Sunt puellae[1] en el plural. Omitiré aquí, para no abusar de su tiempo, ejemplos del griego, el sánscrito, el chino, el sueco, el servio y el lituano, idiomas que también conjugan el verbo haber en plural aun cuando funge de verbo principal.

"Otra gramatiquería que me ocupa en estos días tiene que ver con una decisión de la Academia, que en su última sesión decidió decretar que el grupo vocálico ui forma siempre diptongo. ¡Es como para renunciar a mi sillón!

"Quiero, por último, que me satisfaga una pequeña curiosidad: ¿por qué escribe usted siempre con rojo? Convendrá en que no es una tinta muy usual. Entre mis amigos nos hemos hecho la pregunta, y usted se divertiría escuchando las ocurrencias que inventamos".

En realidad la gramática castellana no era lo que desvelaba a Cuervo en esos días porque se había enfrascado en el estudio del chino medieval. Sólo quería influenciar a Bello para que incluyera en la edición de lujo de la Gramática de la lengua castellana que preparaba la Editorial Garnier las notas que él había hecho al texto. Bello había invitado a los gramáticos de Hispano­américa a que corrigieran su obra, y la lista era larga y linajuda. La Gramática era un estudio claro y lógico del castellano, y no estaba exenta de belleza; había superado con creces los trabajos colectivos y ya casi centena­rios de la Acade­mia; era la vulgata del idioma, y Cuervo estaba convencido de que pasarían varios siglos antes de que fuera supera­da. Por siempre las generacio­nes honrarían a los hacedores del castellano: Nebrija, Cervantes, Quevedo, Bello... y Cuervo –añadió suspirando su propio nombre. Había puesto una parca fórmula de cortesía a manera de despedi­da, y lacrado finalmente la carta que ahora leía Bello con interés. El viejo gramático estaba, en efecto, impresionado, no por la erudición del joven filólogo, que era conocida, sino por el argumento de Cuervo en contra de la hipótesis del comple­mento directo. ¡Cómo había pasado por alto la prueba de la voz pasiva! Tendría que corregir muchos pasajes del libro y enviar una comunica­ción urgente a París, a Garnier.

Pasó la tarde tratando de meter a las chicas en cintura por las buenas, primero, y luego a los trancazos pero sólo pudo pergeñar frases cojas, cons­trucciones bárbaras que ruborizarían a un abogado. Releyó sus notas a la conjugación de haber y las encontró meramente acadé­micas. Volvió sobre el breve párrafo del colombiano y lo sintió audaz, gracioso. Sí, tendría que escribir a Garnier... o agregar sus notas a la Gramática. Se ocupó maquinalmente de los asuntos del despacho mientras su cerebro trabajaba en el problema. Estaba molesto, no con ese joven brillante que se atrevía a corregirlo sino con su viejo cerebro que ya no encontraba con prontitud el ejemplo es­clarece­dor.

Con un principio de ofuscamiento bajó a la Plaza Constitución, caminó por la alameda del Paseo O'Higgins, espió las tertulias sosegadas de los viejos, las conversaciones fluidas y desordena­das de las mujeres, la fresca algarabía de los jóvenes, las jergas precisas de los buhoneros y los lustrabotas, los gritos especta­culares de los voceadores de los vespertinos, comprobó las onomatopeyas de las voces de las aves, inventó algunas para las novedosas máquinas de vapor y ensayó la más difícil, la del viento entre las hojas de los árboles. Aspiró hondo el olor a tierra húmeda y pensó como siempre en la muerte, sin patetismo, como se piensa en un viejo enemigo, con ese odio gastado que se parece tanto a la indife­rencia. Recordó una caminata con Bolívar por un parque de niebla y abedules de Londres, a donde habían ido en busca de esterlinas para la independencia de Venezuela. Pensó en el guión, esa rayita que salva a los escritores de apuros sintácticos, e imaginó que la muerte era una digresión infinita, un guión que no se cerraba. Tachó mentalmen­te el título Las partes de la oración –que había copiado de la gramática de la Academia para esquivar un poco las acusaciones de excentrici­dad que le hacían en la Península– y puso Clasifica­ción de las palabras. Sopesó la frase. Era exacta pero sosa. La tachó y escribió: De la naturaleza de las palabras.

Los ojos de una colegiala que se posaron un momento en los suyos a la velocidad del colibrí le recordaron una mujer que había sido todo el dolor y todo el amor. De pronto sintió un aguijón en la rodilla. Anochecía y sus viejos huesos empezaban a protestar a pesar del grueso abrigo que los protegía. Las bancas estaban vacías. Sin que él se percatara, la alameda se había ido despoblando mientras el río de coches arreciaba.

Volvió a su despacho, sacó un pliego de papel de holanda, lo dividió en octavos, cortó una pluma, destapó el frasco de tinta escarlata y escribió: "Don Rufino José Cuervo. Lejano señor: su misiva me ha hecho añorar el pupitre y los colores. Es tan estimulante como un libro nuevo, como un buen conversador en una tarde gris entre las montañas. Consignaré aquí las conse­cuencias de su lectura.

"Hablé en días pasados con un miembro de número de la Academia, quien estuvo en la sesión donde se decretó que el grupo ui forma siempre diptongo. Me contó que fue un debate largo y acalorado pero que al final los había vencido el sueño. Me pareció que se disculpaba. Quandoque boni academici dormi­tant. Confesó que llegaron a seme­jan­te conclusión en vista de que la norma del acento, tan eficaz para escandir la conjunción de vocal abierta y cerrada, resulta inútil cuando ambas son cerradas. Puso un ejemplo claro, las palabras huí y fui: las mismas vocales, en el mismo orden y con el acento en la misma parte, y sin embargo la primera palabra es un hiato –tiene dos sílabas– y la segunda un diptongo –fui es monosílaba.

"Los gramáticos deberíamos aprender del método del derecho. Sus códigos trazan las pautas generales que rigen las relaciones entre los hombres, pero dejan al criterio del juez la interpreta­ción de las leyes ambiguas y la evaluación­ de las circunstancias que rodean un caso particular. Las acade­mias del lenguaje deben dejar este y muchos otros asuntos a la apreciación de las gentes –que son al fin y al cabo quienes hacen las lenguas– en vez de legislar por legislar, por horror vacui. Las academias pueden proponer normas genera­les de puntua­ción, por ejemplo, pero es la manera como cada escri­tor respira sus frases la que tiene la última palabra. El oído nos dice sin necesidad de reglas que huir es bisílaba (la prueba está en que se pronuncia en el mismo tiempo que pulir) y que ruin es definiti­vamente monosílaba. (A propósi­to, ¿ha notado usted el descuido en que tienen los poetas el órgano central de su oficio, las orejas, por andar alabando las manos, la nariz, los ojos y la boca?).

"Las lenguas son muy anteriores a las gramáticas, y están regidas en su mayor parte por la lógica porque su función principal es la de comunicar (esta es la parte susceptible de ser codificada por los gramáticos). Pero además de comunicar la lengua quiere impresio­nar, conmover; por eso entona canciones, asesta ironías, esgrime conjuros, arroja injurias, emprende elipsis, acuña refranes, se adorna con tropos, legaliza capri­chos, otorga licencias –operacio­nes que desbor­dan la lógica y desafían la sintaxis ortodoxa. Sumisos a las leyes de la concor­dancia escribimos ojos verdes, en plural, pero decimos ojos violeta en homenaje a la singularidad de los ojos de este color.

"Veamos otro ejemplo: un día estaba en la Plaza Constitución con don Hernán Vergara, ese lingüista extraviado en la política, cuando de pronto las campanas comenzaron a doblar. ¿Quién habrá muerto?, me dijo. Era una frase que había escuchado muchas veces pero sólo entonces noté que usamos el futuro para hablar de un suceso pretérito, y le pregunté sin esperanza de respues­ta, como pensando en voz alta, por la razón de esa anomalía. Vergara reflexionó apenas el tiempo necesario para aspirar su habano y dijo con la mayor naturali­dad: Quizá usamos ese tiempo porque el futuro es desconocido, como el nombre del difunto.

"Sus observaciones sobre la conjugación de haber han hecho tambalear mi posición sobre el asunto. Creo, sin embargo, que su plural seguirá proscrito para evitar conjugaciones tan alarmantes como esta: En un cubo hayn 6 caras.

"Todas estas cosas constituyen la parte ilógica de las lenguas, que es refractaria a la codificación; son las excepciones que desvelan al gramático y pierden al estudiante pero que debemos aceptar porque son consecuencia de la exuberancia de las lenguas, manifestaciones de su poder y diversidad. No debemos pretender que la gramáti­ca tenga la exactitud de la matemática porque los idiomas no son sistemas arbitrarios ni axiomáticos para traducir a números la cantidad y el espacio, sino la manera como cada pueblo siente la realidad. En las ásperas lenguas de los nómadas, demos por caso, había muy pocos vocablos para designar la tierra; ninguno para la ciudad. La tierra era esa cosa vertiginosa que pasaba bajo los cascos de sus caballos, y la ciudad un corral de piedra lleno de gente medrosa. Tenían en cambio decenas de términos para la caza, el caballo, las armas, las estrellas.

"La razón por la que uso tinta roja es muy sencilla: con el tiempo se pone sepia, que es mi color favorito. Quizá tengan algo que ver en esto los fenicios. Me explico. En el siglo III, luego de hacerse castrar por su médico para que los afanes de la carne no lo distrajeran de su tarea, Orígenes de Alejandría emprendió la composición de la Edición exaplar de las Escrituras. En folios de seis columnas transcribió las cuatro versiones griegas más importantes de los libros sagrados, la versión hebrea y una traduc­ción al griego de ésta hecha por él mismo. Cuando puso el punto final, luego de 17 años de trabajo (era ya un anciano), ordenó que un ejército de escribas (era inmensa­mente rico) hiciera copias de su obra para distri­buirlas en las iglesias cristianas de Grecia y Egipto. Contrató miniaturis­tas que historiaran las iniciales de los capítulos y quiso que las de todos los párrafos fueran iluminadas con rojo en homenaje al pueblo que inventó el alfabeto fonético, el fenicio –pa­la­bra que significa rojo. Quizá por esto en la escuela escribía­mos con rojo los títulos. Sin saberlo, rendíamos homenaje a los fenicios.

"En espera de otra de sus estimulantes cartas, y rogando al cielo que haya muchachas en todas las estaciones,

suyo,

Andrés Bello"

El viejo gramático tapó el tintero, limpió la pluma, vertió un puñado de arena sobre el manuscrito y se prometió ponerlo al correo al día siguiente, pero nunca lo hizo.

El 16 de octubre de 1865 la Editorial Garnier publicó la Gramática de la lengua castellana en octavo con pastas forradas en seda y textos interiores en tipos de tres cuerpos con iniciales escarla­tas historia­das. Al final del libro venían las notas de Bello sobre algunos asuntos que merecían una discusión más detallada, y a conti­nuación, en un apéndice incluido a última hora, los eruditos y pedantes comentarios de Rufino José Cuervo. Bello había muerto en paz el día anterior.




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Elogio del punto. Alberto Manguel


Por: Alberto Manguel

D

iminuto como una mota de polvo, el punto, ese mínimo picotazo de la pluma, esa miga en el teclado, es el olvidado legislador de nuestros sistemas de escritura. Sin él, las penas del joven Werther no tendrían fin y los viajes del Hobbitt jamás se acabarían. Su ausencia le permitió a James Joyce tejer el Finnegans Wake en un círculo perfecto y su presencia hizo que Henri Michaux hablara de nuestro ser esencial como de un mero punto, "ese punto que la muerte devora". El punto corona la realización del pensamiento, proporciona la ilusión de un término, posee una cierta altanería que nace, como en Napoleón, de su minúsculo tamaño. Como siempre estamos ansiosos por empezar, no pedimos nunca nada que nos indique el comienzo, pero necesitamos saber cuándo parar; este pequeñísimo mememto mori nos recuerda que todo, incluso nosotros mismos, debemos algún día detenernos. Como un anónimo profesor inglés sugería en un olvidado tratado de gramática, un punto es "el signo de un sentido perfecto y de una oración perfecta".

La necesidad de indicar el final de una frase escrita es probablemente tan antigua como la escritura misma, pero la solución, breve y maravillosa, no se estableció hasta el Renacimiento. Durante muchísimos años la puntuación había sido una cuestión poco reglamentada. Ya en el primer siglo de nuestra era, Quintiliano (que no había leído a Henry James) soste-nía que una oración, además de expresar una idea completa, tenía que poder pronunciarse sin tener que volver a respirar. La forma en que se marcaba el final de esa oración era cuestión de gustos personales y durante mucho tiempo los escribas puntuaron sus textos con toda clase de signos y símbolos, desde un simple espacio en blanco hasta una variedad de puntos y rayas. A principios del siglo V, san Jerónimo desarrolló para su traducción de la Biblia un sistema, llamado per cola et commata, en el que cada unidad de sentido se marcaba con una letra que sobresalía del margen, como si se iniciara un nuevo párrafo. Tres siglos más tarde ya se utilizaba el punctus tanto para indicar una pausa dentro de la frase como para señalar su conclusión. Con esas convenciones tan confusas, los autores no podían esperar que el público leyera un texto con el sentido que ellos le habían querido dar.

Por fin, en 1566, las cosas cambiaron. Aldo Manuzio el Joven, nieto del gran imprentero veneciano a quien le debemos la invención del libro de bolsillo, definió el punto en su manual de puntuación, el Interpungendi ratio. En un latín claro e inequívoco, Manuzio describió por primera vez su papel y su aspecto. Pensó que estaba preparando un manual para tipógrafos; no podía saber que estaba otorgándonos a nosotros, futuros lectores, los dones del sentido y de la música. Gracias a Manuzio, hoy tenemos a Hemingway y sus stacattos, a Becket y sus recitativos, a Proust y sus largos sostenidos.

"Ningún hierro", escribió Isaac Babel, "puede hundirse en el corazón con la fuerza de un punto puesto en el lugar preciso". Para afirmar tanto el poder como también de la pobreza de la palabra, nada nos ha sido tan útil como esa manchita mínima, definitiva y fiel.

Por: Alberto Manguel






lunes, 16 de junio de 2008

Diccionario de literatura


Julio César Londoño

E

l guión es un paréntesis horizontal. Sirve para anunciar digresiones y para salvar a los escritores de apuros sintácticos. Ejemplo: "Don Andrés Bello aspiró hondo el olor a tierra húmeda, pensó como siempre en la muerte –sin patetismo, con ese odio gastado que se parece tanto a la indiferencia– e imaginó que la muerte era una digresión infinita, un guión que no se cerraba".

Un pie de página extenso es un error estético y casi sintáctico: se tira la diagramación de la página –es como un zócalo muy alto– y compromete la fluidez del texto.

La poesía es un álgebra hechizada. (Novalis).

La armonía es el tono de los tonos. (Novalis).

La virtud no es un buen tema en arte. Prostitutas, ladrones y asesinos constituyen la 'crema' de la galería de los personajes de la literatura clásica. La fidelidad de Penélope, la bella mujer de Ulises, sólo es soportable por el cerco de los príncipes que la acosan... y por la esperanza de que caiga.

La literatura es una manera de hacer visible el lenguaje. Ejemplo: si decimos "Dame un cigarrillo", usamos una expresión tan transparente que es casi inaudible. En la frase "Pásame ese cilindro fatal", en cambio, las palabras se apoderan de la escena y el mensaje pasa a un segundo plano.

La reglas de puntuación indican la longitud de las pausas de las cartas, los códigos y las notas de prensa, pero en literatura la puntuación no se rige por estas reglas sino por la manera como cada escritor respira sus frases.

Los géneros son cuestión de enfoque: la épica es una visión panorámica; el drama es un zoom que nos da el primer plano; la novela, un close up; la lírica gira el lente y nos entrega los más íntimos "electros" del camarógrafo.

Historia: relata acontecimientos públicos y memorables. Se divide en dos: la objetiva y la buena.

Crónica: historia cálida, reciente, menuda, subjetiva y, desde la aparición del Periodismo Literario, apasionante.

Ensayo: inventado por Michel de Montaigne en el siglo XVI, es una manera de cifrar el lenguaje del pensamiento.

Monólogo interior: la "estática" que se escucha cuando se mete un micrófono en la cabeza de los personajes. (Sábato).

Calidad. Un buen poema se conoce porque se lo puede mejorar fácilmente. (Borges)

Cuento: forma sintética y esencial cuyo protagonista es el argumento.

Minicuento: el hai ku de la narrativa.

Novela: cuento que se alarga so pretexto de la cabal construcción de los personajes.

Poesía métrica: género pretencioso que busca cifrar el universo en 11 sílabas terminadas en ía.

Verso libre: una modalidad humilde escandida con metro elástico.

Entrevista: es un relato que se construye con las respuestas del personaje, si es inteligente, o con la narración del encuentro, cuando el inteligente es el periodista.

Columna: ensayo breve sobre la inseguridad, la corrupción, la paz, los huecos o cualquier otra hondura.

En la literatura antigua el héroe luchaba contra dragones, en la moderna enfrenta microbios. (Chesterton)

Congreso de semiólogos: calamares en su tinta.

"El lugar común no es una frase que todos repiten sino una idea que todos inventan". (Nicolás Gómez Dávila).

El cuento trata del crimen, la novela del criminal. (Philip K. Dick)

El criminal es el artista, el crítico apenas el detective.








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